—Hace once años que mi tía es una madre para mí; once años que sé lo que es el amor filial: ¿querías que me casase lejos de ella?
—En buen hora; ya has cumplido con ese deber; ¿pero es preciso que entres ahí?
—Una vez sola,—dijo en tono suplicante;—una sola para saber si Teresa permite que me case con Cristina. Mira,—añadió,—si al entrar en su cuarto lo hallo todo como hace diez años, la cómoda, la cama, las sillas, me marcho tranquilo y soy feliz; si, por el contrario, encuentro alguna alteración...
—Eres un niño,—le interrumpí;—pero si no deseas más que eso, entra, y la paz y la felicidad sean contigo.
Sabía, por haberlo visto por la tarde, que todo estaba igual en el cuarto donde murió Teresa, y no vacilé más, dejando pasar al joven al gabinete.
Fernando abrió la puerta, y murmuró:
—Hay luz dentro.
Me estremecí á pesar mío; un frío glacial se apoderó de mí, porque al entrar mi amigo y yo vimos clara y distintamente en la alcoba de Teresa un lecho mortuorio, cubierto de negros paños, algunos hachones encendidos rodeando un ataúd, en el que descansaban los yertos despojos de una hermosa joven vestida de blanco y coronada de flores. Al lado de ella velaba una mujer en la que reconocí á la madre María, la loca que hallé por la tarde en el cementerio.
Fernando lanzó un grito extraño y se dejó caer de rodillas ocultando el rostro con las manos; yo cerré los ojos, dí algunos pasos y tropecé con la puerta de la alcoba. Miré entonces y ví el dormitorio obscuro y desierto.
—Estamos los dos locos,—murmuré.