—No lo permita Dios, hombre. ¿Por qué había de enfermar ahora?

—¡Qué sé yo! Como su merced acaba de acostarse hace poco, y me llama á media noche, creí...

—¡Hace poco! ¡Á media noche! ¡Canario! Pues qué, ¿es media noche todavía? Y la gente de la casa, ¿no se ha levantado?

—¿Para qué se ha de levantar, señor? Yo sí me he levantado ahora, pensando que su merced me necesitaba, cuando ha llamado.

—Dispensa, hombre, y vuélvete á tu cama. ¡Canario! Lo menos creí haber dormido nueve ó diez horas.

El tuno del criado salió de puntillas con la palmatoria en la mano, encajó la puerta, y sus pisadas suaves se extinguieron lentamente.

Quedó mi héroe otra vez en tinieblas, pues la ventana cerraba á lo justo y por la puerta no podía tampoco entrar luz, por estar cerrados también de propósito el largo corredor y las habitaciones inmediatas. Procuró entonces reanudar el sueño, y logró conseguirlo, después de dar vueltas y más vueltas sobre los mullidos colchones, que eran lo menos seis ó siete, con lo que el tal lecho parecía un catafalco, y era menester para escalarlo subirse antes en una silla. Pero como había descansado ya largas horas, más bien que dormido quedó amodorrado hasta las tres y media ó las cuatro de la tarde. La misma obscuridad, el mismo silencio. ¿Cómo? ¿Será todavía de noche? ¿Ó no se habrá despertado y estará soñando tales absurdos?

Mi buen hombre se restregaba los ojos, se palpaba el rostro, el pecho, los brazos, las manos, para convencerse de que estaba realmente despierto y en el uso cabal de todos sus sentidos y potencias. Al cabo tiró del cordón, y sonó la campanilla. Poco después, y con las mismas precauciones de antes, apareció con su palmatoria encendida el criado, preguntándole qué se le ofrecía.

—¿Qué se me ha de ofrecer? Levantarme. Ya me parece que llevo lo menos una semana tendido. Tengo sed, tengo hambre. ¡Qué demonio de país! ¡Si las horas parecen siglos enteros!

Dióle agua el criado, y mientras bebía con ansia, le dijo: