—¡Levantarse! ¿Y para qué? ¿Para aburrirse, aguardando á que amanezca? Y todavía debe de tardar un poquillo. ¿Sabe su merced qué hora es?
—Dame el reloj, que está sobre aquella cómoda, y lo sabremos. Anda, tráelo.
De muy mala gana tomó el criado aquel ventrudo reloj de bolsillo, muy semejante á una media cebolla, y lo llevó á su dueño. Tentado estuvo por fingir un tropezón y estrellar aquella máquina contra el suelo; pero no lo hizo, confiado en su fecunda inventiva.
—¡Las tres y media! exclamó el señor Frutos, mirando su reloj. ¡Las tres y media, nada más! ¡Conque faltan dos horas y media todavía para amanecer, si es que alguna vez amanece en esta maldita población! ¡Jesús, si lo hubiera sabido!...
—Pues me parece, dijo el fámulo con mucha sorna, me parece, señor, que ese reloj será muy bueno, pero anda muy de prisa y va adelantado. Desde mi cuarto se oye el de la iglesia, y además, al venir ahora miré el del comedor, que está al paso, y es muy seguro, y todavía no han dado las tres, aunque ya faltará poco.
—La paciencia es lo que á mí me falta. Dame agua otra vez, hombre.... Gracias. ¡Si lo hubiera sabido!... Pero ¿qué hacen aquí las gentes de noche? ¿En qué se entretienen?
—¡Toma! ¿En qué se han de entretener? En dormir. ¿Quería V. que la pasaran contando cuentos, ó jugando á la pelota?
—Lo que yo quiero es que amanezca. Mira: puedes retirarte; pero así que apunte la primera luz del alba, no dejes de llamarme, aunque de seguro estaré despierto. ¡Y qué hambre tengo, canario!
—¿Quiere su merced que le traiga vino y bizcochos, ó alguna otra cosa?
—No, retírate. ¡Jesús, María y José! Retírate; pero que me llames, que me avises antes de que salga el sol. ¿Estamos?