Yo dí aviso al general del peligro que lo amenazaba, y él dispuso entonces volver a ensillar los caballos y separarse de aquel sitio. Lentamente proseguimos en dirección a sus campos. El general Pacheco, terminaba el doctor Victorica, no asistió en efecto a la batalla. Al otro día tuvimos noticias del resultado de ella, muy distantes del lugar en que se había realizado”.[2]
Vencedor Urquiza, estableció su residencia en Palermo. Los primeros días, sofocados los asaltos de la canalla y los robos de delincuentes y soldados, debieron ser de regocijo indescriptible para los que volvían a ver las calles de Buenos Aires después de una proscripción forzosa o voluntaria de más de cuatro lustros.
¡Buenos Aires! Los de menor alejamiento eran los que salieron jóvenes a la época que iniciara Alberdi la égida en 1838. Mitre no conocía propiamente la ciudad soñada, pues trasladado a Patagones el mismo año de su nacimiento, de allí pasó a la estancia del hermano de Rosas, y de esa estancia a Montevideo. Así se explica que en los días inmediatos a Caseros aquellos hombres jóvenes se pasaran recorriendo los lugares históricos con un fervor intenso y un tanto melancólico, porque se sentían como extraños en el hogar común[3].
Vencedor Urquiza, decía, estableció su residencia en Palermo. Allí le presentaron parte de los desertores asesinos de Aquino, los que fueron en seguida fusilados. También lo fué Chilavert, a causa (a estar al ayudante Elías) de su arrogante manifestación hecha con el objeto de que lo supiera Urquiza, que para él Rosas representaba la causa de la nacionalidad; y que, lejos de arrepentirse de su reciente renegación, la volvería a cometer una y cien veces. Saldías, pariente de Chilavert, ha rodeado de comentarios dramáticos este final del talentoso artillero para hacerlo caer como un héroe de leyenda; y otros historiógrafos han difundido el dato de que Mitre le vituperó con energía la acción al mismo vencedor. Si a renglón seguido se recuerda que el rasgo fisonómico de Urquiza que nos han grabado a fuego los mismos narradores, transformaban a aquel hombre en tigre, con sus ojos verdes, brillantes por la cólera, y sus pómulos movidos por el temblor del odio, no sabemos cuando tienen razón: si cuando trazan la figura de Urquiza en actitud de oir, sumiso, la reprimenda del comandante Mitre, o cuando lo muestran poseído de la crueldad de las fieras.
Urquiza no se entrega a las delicias de Capua. Urgido por el cumplimiento de sus promesas hechas a la faz de América y del mundo, va derecho a la solución de los problemas que preocuparan a los hombres de Mayo y que quedaron interrumpidos en el último ensayo del año 26, brillando un día en la mentalidad de Facundo:—la organización nacional.
Echa el vistazo en derredor y percibe de inmediato el espíritu unitario en conciliábulo extraño, resto de aquel rezongo de los que detuvieron el paso de Dante en el Infierno.
Urquiza protege la ciudad; Urquiza declara y demuestra no querer intervenir en un solo acto relativo al manejo interior de Buenos Aires; Urquiza comparte su victoria y su gloria con todos los generales del ejército aliado acordándose del propio jubiloso modo de los orientales como de los correntinos, de los brasileños como de los entrerrianos. Impide que se inmiscuya el ejército en los preliminares del acto electoral que después de veinte años va a llevarse a cabo, a fin de que haya una legislatura libre. Todo lo espera del patriotismo como el suyo. No hay vencedores ni vencidos, vuelve a decir, como en Montevideo. Olvídese el pasado. No hay otro enemigo que el que yace derrocado, camino de la proscripción. ¿A qué perseguir ese enemigo? No se pesquisará a nadie, pues, porque todos los argentinos hacen falta al fin inmediato y perentorio de reconstruir el edificio desde sus propios cimientos. Mientras llega el momento de ensayar el ejercicio de las nuevas instituciones y de dar al país su ley fundamental, por medio de un congreso general, ocupe el gobierno de la provincia de Buenos Aires el varón más anciano y también el más ilustre, el que desempeñara accidentalmente el cargo de presidente al renunciar Rivadavia, el autor de la Canción Nacional de 1813.
Todo esto por el lado inmediato y con relación a Buenos Aires. Del Arroyo del Medio para allá, ¿qué hacer con las provincias? ¿Qué hacer con las gobernaciones? Si se las desatiende o desconoce y con más razón si se les humilla o ataca, volveráse a la guerra civil del año 20 como pensaba Sarmiento el año 92. Se plantearán las luchas de Buenos Aires contra López, Ramírez y Bustos. No. No se ha destruído una tiranía de 20 años para empujar al país reconquistado, hacia una anarquía innecesaria. Esos gobiernos de provincia representan “intereses creados”. Hay que acordarles intervención en la obra común de la organización política, porque son partes del todo, ramas de un mismo árbol, miembros de la familia que vuelve a estar reunida. A fin de inspirarles confianza, comenzando por las clases obscuras, en cuyo seno está el hogar gaucho y en él la materia de que se ha de hacer el pueblo, ofrézcase un hecho material visible que sirva de promesa y de vínculo ideal, tardío y complicado si ha de traducirse en palabras; simple y claro si el signo entra por los ojos. Y Urquiza propone, como en el ejército, el uso de una cinta colorada como prenda de conformidad en la iniciación del nuevo credo republicano argentino.