Mi querido Alberdi:
Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia.
Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro “Bases” va a ejercer un efecto benéfico.
Es posible que su Constitución sea adoptada; es posible que sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo suprimido o alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones: su libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de todos los hombres de corazón.—Domingo F. Sarmiento.”
Desde ese instante los hombres que rodeaban al general Urquiza tuvieron su brújula segura para orientar el barco que acababan de tripular. Mas las opiniones del grupo unitario persistían en su afán de no despegarse del terreno, entendiendo que era a ellos a quienes les correspondía por derecho propio la tarea de organizar la República.
Para medir entretanto en su tamaño real la obra que acababa de realizar el general Urquiza, conviene echar una mirada retrospectiva hacia el Buenos Aires que Rosas había gobernado y las maneras que usó.
Rosas había comenzado por dividir la sociedad en dos partes: lo físico y lo moral. Lo moral era el elemento ilustrado de la ciudad, que tuvo a Rivadavia por representante y cuyo fracaso estaba fresco. Lo físico era la campaña, el elemento inculto, que él representaba y para el cual reivindicaba el ensayo del gobierno. Para identificarse a él, decía, había llegado al sacrificio: a abandonar las comodidades y las seguridades del poblado y a hacer abandono absoluto de su provecho personal.
Había vivido en contacto íntimo con la masa, en el desierto, con el paisano paria. Ahora probaría el manejo de la cosa pública con esa fuerza incomprendida y se vería que el éxito estaba de su lado; que eran estos hombres repudiados los que tenían de su parte el buen sentido, el patriotismo y la honradez[5].
Después del último ensayo constitucional—27 años atrás—el espíritu público de Buenos Aires había caído en la atonía a que contribuye y arrastra en conspiración la lentitud del tiempo, sometiéndose a la pasibilidad fatalista de todo pueblo inculto, hecho al manejo del héroe, cacique o César. Faltaba en su seno el ejercicio, aún primario, de toda libertad democrática. La reunión pública no existía. No se conocía el debate de la prensa ni de la Sala de Representantes. El ambiente de claustro universitario había desaparecido. La rueda social enrarecida, no daba asidero ni siquiera al comentario, porque el espionaje de la servidumbre se encargaba de transportarlo en delación de los oídos de doña Encarnación Ezcurra, y, después de ella, a los de cualquiera de los directores de la Mazorca. Rosas hacía un gobierno de información plebeya y poseía en sus manos los hilos de todas las familias, como los tenía el virrey y el obispo en la época de la colonia. No había suceso de carácter policial que no pasara su vista para su resolución. La vida de Buenos Aires estaba contenida en los prontuarios o carpetas que a diario se elevaban a su conocimiento, arriba de las cuales, en dos líneas, debajo de su extracto, iba la pena, escrita de su puño. Era el gobierno de la menudencia íntima, pero a cuya virtud él debía el dominio de cada cuestión, de cada hogar, de cada ser, y por tanto, de la sociedad entera.
Los asuntos de mayor volumen, relacionados a los intereses, civiles o comerciales o a las grandes faltas o crímenes, pasaban, con mayor razón, a su conocimiento inmediato y en escrupulosa preferencia. Entonces se entendía con los jueces directamente, sin cortapisas ni escrúpulos, echando mano siempre de un recurso en el que era artista supremo. La anécdota de su entrevista con el doctor don Vicente López es así tan sugerente y de tan provechosa enseñanza psicológica que vale por una demostración.