La ociosidad produjo los Ensayos de Montaigne; esa ociosidad, que dejaba vagar con libertad (“la del caballo que dispara sin freno, albarda, ni jinete”) su mente por diferentes asuntos, sin orden aparente. Nunca la ociosidad ni la comodidad de un hombre que no tuvo necesidad de ganarse la vida produjo tan glorioso resultado.


A Montaigne le faltó, en general, el punto de vista social de que participamos, ahora aún los principiantes en sociología. Una ciencia más o menos sistematizada ayuda mucho las operaciones mentales. Montaigne precedió a Montesquieu en más de un siglo; de modo que la concepción de un organismo social o de organismos sociales regidos por leyes internas y externas, a semejanza de los individuales, era acaso anticipada para él.

En su original capítulo acerca de los medios contradictorios que los hombres han empleado para llegar al mismo resultado o a resultados opuestos, se nota esa ausencia de concepción sociológica.

Un vencido o los vencidos en una guerra, han obtenido clemencia del vencedor unas veces por la súplica y otras por el valor altivo. En otras ocasiones, uno y otro medio han conducido al exterminio, a la mayor cólera del vencedor, aunque éste fuera el magnánimo transigente Alejandro de Macedonia.

Atribuye Montaigne estos hechos exclusivamente a la psicología personal del vencedor; nunca a otras circunstancias, principalmente las sociales que tanto influyen en los acontecimientos, mucho más que los deseos y resoluciones individuales.

Maquiavelo, en sus Aforismos políticos fundados en la Historia de Tito Livio y en la de su tiempo, tiene idénticas observaciones; pero mayor perspicacia sociológica, para inducir que en la función pública se cambia de método con el cambio de circunstancias.


Montaigne no se contenta con lo presente, y con lo que ve, y donde vive. Se extiende hacia lo pasado y mucho hacia lo porvenir. Sale de la tierra. Lo desconocido lo atrae. Se reconoce habitante del Universo. Actuando en un radio limitadísimo, de aislamiento en su castillo, habla de un radio inmenso, desconocido, que la Humanidad va desbrozando poco a poco. El infinito y la eternidad están descubiertos. Imposible sujetar la imaginación a la ciencia experimental, por más que sus resultados constituyan su solo regulador externo. Cuando se pierde este elemento de equilibrio, la imaginación se exalta hasta la locura, como Don Quijote que, a fuerza de palos y de no leer más, notó al fin que los nidos no tenían pájaros. No quiere decir que los creadores, por la imaginación, no sean incomparables intuitores. Comte llama a los grandes poetas profundos observadores de la naturaleza humana.