Este descontento por la realidad develada por sabios y poetas, en cada época de la evolución mental colectiva, produce las hipótesis más sanas y más disparatadas. Lo primero, engendra el progreso comprobable y utilizable; lo segundo, las vaguedades metafísicas que se complacen en meditar horas enteras si los valles se mueven o se están quietos, y otras tonterías. Las luces relativamente verdaderas y las relativamente falsas, marchan paralelas.


Montaigne trata del rezo con su buen sentido positivo. Las peticiones de la oración son muchas veces injustas y generalmente egoístas. “Dios” merecería respeto y debe recibir homenajes y “servicios”, y no pedidos de codiciosos, maleantes de todo género que ruegan salir sin peligro o airosos de una aventura. Margarita de Navarra recuerda de uno que atravesaba compungido el interior de una iglesia, para ir a dormir con su querida, haciendo antes actos de devoción ante el altar mayor.

A Montaigne se le ha escapado, sin embargo, el lado psicológico de la plegaria: su fuerza sugestiva y autosugestiva, cuando es sincera. La oración teológica ha debido producir sus efectos en el período correspondiente de la Humanidad, y del que muchos seres humanos aún no han salido. Ahora, en vez de suprimirse, debería transformarse en creación positiva, en propósitos determinados de acción, como lo aconseja Smiles. En la gran guerra, se inventó la plegaria del centinela y del soldado, como acto de resolución resignada, por ideales humanos, sin invocación sobrenatural.


Llama la atención de Montaigne la vanidad de Cicerón, y la detracta. Visto el gran romano a través de ese juicio, parece un petimetre sin méritos que busca gloriolas, apelando hasta al “réclame”. No es así. Cicerón tenía cualidades sólidas, y, en su género, fué uno de los más perfectos que exhiba la historia. Es claro que mostraba también el reverso del orador y del artista: instabilidad, indecisión. Me habría satisfecho más y habría sido más justo un estudio sobre la personalidad total. Pero Montaigne no supo o no quiso hacerlo por cualquier razón. Ya se sabe que él no escribió un libro, sino una serie de artículos sobre lo que se le antojaba y cuando se le antojaba. No fué un escritor profesional que tuviera que exprimir su inteligencia sobre temas obligados u obligantes.

Para cohonestar su juicio unilateral sobre Cicerón, debe anotarse que la antropología no es de su tiempo, y los psicólogos natos, los Shakespeares y Cervantes, han sido muy contados, aún en esta época de psicologías.

A medida que más se penetra en el estudio del hombre, más se explican sus anomalías, sin odio, tal vez con piedad y aun amor. Si el análisis crítico es cada vez más profundo, la censura va de capa caída, manejada sólo por los meros literatos que abominan de todo lo que no coincide con sus inclinaciones personales instituídas, sin mayores miramientos, en el patrón único para juzgar todo. Debemos aceptar lo irremediable, es decir, los millares de temperamentos diferentes y diferenciados, y su distinta manera de manifestarse. En el fondo, es un bien que la naturaleza humana muestre tantos matices como la naturaleza cósmica.