Montaigne (1533-1592) no creía en el progreso, es decir, en la evolución aprovechada por el hombre. Estaba con el corso e ricorso. Era hombre del siglo XVI. Comte sostiene que la idea de un progreso continuo e indefinido se afirmó en el siglo XVII y XVIII, como lo demuestran las fórmulas orgánicas de Pascal, Leibnitz y Condorcet, que instituyeron una Humanidad, sobre las patrias, que constantemente aprende y constantemente crece.
Yo creo que uno de los hechos que más ha afirmado la creencia de un progreso general, a pesar de los retrocesos regionales o de factores aislados, es la conquista sucesiva de la Humanidad sobre la Naturaleza, es decir, el método experimental que dió sostén sólido a la ciencia. Esta se aplicó a la industria que trasforma constantemente las cosas en el sentido de su mayor utilidad humana. Estas trasformaciones objetivas se han impuesto. El progreso subjetivo de las ideas era menos discernible, ya porque está fuera del contralor de la mayor parte de las gentes, ya porque su mezcla y confusión por los sofistas de todos los tiempos que hacen juegos malabares, aparentan muchas veces estacionamiento o retroceso.
El progreso de las cosas derivadas del progreso de las ideas, ha producido a su turno el desenvolvimiento de éstas, que se apoyan así en una comprobación externa. El progreso se realiza por inventos sucesivos, dice Pasteur. Cada nuevo invento demuestra un mayor dominio del hombre sobre el universo cósmico y social, y nos da la perspectiva de que ese dominio será ilimitado. Cada vez que un eminente genio ha afirmado una imposibilidad en el futuro, ha errado, dice Flammarión.
Las ideas invisibles pueden discutirse; pero su encarnación en hechos sucesivos, no. Si todo es ilusión, si no nos es dable percibir al Universo tal cual es por deficiencia de sentidos y estructura cerebral, la utilización de las cosas, de los hechos y de las leyes para el acrecentamiento humano, es una realidad aunque no fuera la realidad.
Montaigne es el tipo del hombre del Renacimiento. Ama la gloria literaria de Grecia y de Roma. Cita constantemente a sus pensadores, a sus poetas, historiadores, oradores. Plutarco y Séneca son sus guías. Pero Horacio, Juvenal y Persio, Cicerón, Terencio, Ovidio, Plinio el viejo y el joven, ratifican sus afirmaciones. Sábese que hablaba el latín. Lo aprendió desde niño, conversando, como un idioma vivo, y leía constantemente a los creadores de tan profunda literatura. No era latinista de catálogo, de los tantos defensores del latín, incapaces de leer de corrido tres sentencias del Cornelio Nepote. Virgilio y Lucrecio están siempre en la punta de su pluma. Resurge, pues, en su mente, libre observadora del presente moderno, la antigüedad clásica. Esa aleación ha producido una síntesis inmortal con los Ensayos.
Montaigne está lejos de ser un dogmático: no quiere y, sobre todo, no puede serlo. Su afirmación es siempre débil; su duda, transparente. Su positivismo es notorio; pero no dispone de elementos necesarios para apoyarlo.
Nada de antropocéntrico, y esa es una de sus glorias. Su pensamiento y sentimiento ondulantes participan de la diversidad de los temperamentos humanos. Parecería que quisiera observar el mundo al través de cada uno de sus semejantes. Hay en él varios espíritus, como los que inspiraban a Goethe. Nada lo apasiona, todo lo reflexiona, es un famoso plurilateral.
Leí con cuidado el capítulo que dedica a Raimundo Sabunde, donde se muestra más su positividad. Cree que los animales tienen más que instinto: inteligencia y sentimientos morales. La diferencia con el hombre es sólo de grados. Hace presentir a Lamarck y a Darwin. Cita un número asombroso de hechos referentes a los animales. Hoy que ha tomado cuerpo la psicología animal, resurge Montaigne.