La verdad es que todos los problemas, resueltos o no, de que está ocupada la Humanidad presente, ya han sido propuestos por los antiguos, y a muchos se les ha dado en remotos tiempos una solución acertada, si bien por excepcionales pensadores que predicaren o no en desierto. El problema de la muerte, de la inmortalidad, de Dios: todo ha sido tratado abundantemente. Lucrecio, siguiendo a Epicuro, cuya doctrina poetizó, sostuvo que el aniquilamiento del cuerpo traía también el del alma, función corporal. Alguien dijo que Dios no era un ser, ni menos extrauniversal, sino una ley. Otros, que la inmortalidad objetiva del alma era apenas un mito poético y consolador para el tiempo respectivo.
Nótase también que muchos problemas metafísicos se han reducido por los progresos de la ciencia que ha muerto hipótesis y divagaciones, creando probablemente otras. Pero la ciencia no sólo ha respondido a muchas interrogaciones seculares, sino que ha mostrado el régimen fecundo de la razón humana, el método que ha descubierto y ha de descubrir gradualmente, con mayor o menor rapidez, enigmas que la inquietud humana formula sin cansarse.
En Montaigne se nota el sentimiento de la verdad relativa. Nadie lo tuvo como él al afirmar o negar. Pregunta más que contesta. De nada está completamente seguro. Define con simpatía el Pirronismo. Pero él es sólo Pirronista intelectual. No llegó a la ética estoica que alcanzó el sublime escéptico griego. Este enseñaba que todas las cosas son igualmente inciertas y discutibles. Es necesario dudar de todo y ser indiferente a todo. De ahí derivaba su moral, doctrina de renunciamiento e indiferencia, que él practicó fielmente con organismo adaptado.
No tener opinión ni sobre el bien, ni sobre el mal, es el medio de evitar todas las causas de turbación. Las más de las veces los hombres mismos se hacen desgraciados: sufren porque son privados de lo que creen ser un bien, o temen perderlo, porque estiman que esto sería un mal. Suprímase toda creencia de este género, y todos los males desaparecerán. Dejar que siga el mundo como es, y que cada uno tome su lote de males inevitables: he ahí el ideal de Pirrón. No le importaba más vivir que morir, porque no estaba convencido que lo uno fuera bien y lo otro mal. En un naufragio, mostró con toda calma a los pasajeros despavoridos la impasibilidad de un cerdo que comía tranquilamente, mientras el barco se sumergía. Así debería ser la impasibilidad consciente del sabio, en presencia de los hechos de la vida y de la muerte. Pudo decir con Lucrecio que la religión no consiste en adorar piedras o ensangrentar altares, sino en contemplar con ánimo sereno la corriente favorable o adversa de los sucesos.
Montaigne no tuvo nunca la concepción, ni menos practicó la ética de Pirrón. Fué un rico que vivió cómodamente en su castillo campestre, bien servido, eligiendo su sociedad, pensando muy mal de las mujeres, perfumando sus pañuelos y guantes, abrigándose mucho en invierno porque era friolento, y temiendo la muerte.
En la voluptuosidad de leer descansadamente a los genios antiguos, meditar espontáneamente, escribir sin trabajar, anotando los pensamientos que su profunda naturaleza le sugería: así se engendró ese libro universal que se llama los Ensayos. Salió espontáneamente como la seda del gusano.