5. Tocando ya en esta ocasión la célebre pregunta de si hay un espacio absoluto, si existe un tiempo absoluto, tenemos primero que aclarar algo que nosotros comprenderemos con la palabra “existe”. “Existe”, por ejemplo: “existe un átomo”, equivale a haber introducido este concepto en las ciencias, basándonos en el experimento: sabemos algo de las propiedades del átomo, conocemos su reacción bajo las influencias físicas y químicas; no podemos por el momento desistir de él y no nos conduce a la contradicción con la experiencia.
¿Y qué dice la palabra “absoluto”? Hablando del espacio absoluto ¿queremos quizás expresar que él existe en sí y por sí, independiente de nosotros, independiente de nuestras observaciones y medidas? Pero en este caso el problema del espacio absoluto y tiempo absoluto coincidiría con el problema del objeto “en sí”, que difícilmente provocará mucho entusiasmo entre los físicos.
6. Con estas palabras indico el objeto de mis conferencias y revelo mi modo de pensar respecto de este asunto. Desde luego podría entrar ya en el campo de las ciencias físicas y empezar con el ensayo de un tratamiento sistemático[9] de los conceptos fundamentales de tiempo y espacio, tema principal de estas conversaciones. No tomo, sin embargo, este camino y me traslado primero a los dominios de las especulaciones metafísicas, haciéndolo intencionalmente por las siguientes razones:
El problema de tiempo y espacio interesa no solamente al naturalista sino también al filósofo. Es una cuestión en la cual se ocupa el cerebro humano desde los tiempos más remotos hasta hoy día, librando verdaderas batallas, a las cuales se podría aplicar con una cierta ironía las palabras de Mefistófeles:
“¡Ay, en verdad te lo digo,
yo que centenares de años
estoy royendo y royendo
el fruto indigesto y áspero!
¡Ay, en verdad te lo digo!
De la cuna al Camposanto