Los conceptos generales expresan, según Aristóteles, únicamente propiedades comunes a muchos objetos aislados; mas los conceptos generales por sí mismos no tienen existencia independiente. Pero si lo general no subsiste por sí mismo, no puede ser sustancia (“usia”), la que por su parte forma el fundamento real de todo.

Como sabemos Platón ya a priori atribuye a las ideas una existencia original, independiente del mundo de nuestros sentidos, creando, de este modo, dos mundos completamente distintos. Aristóteles considera imposible que la doctrina idealista pueda explicar la esencia del mundo empírico; según sus juicios, hay más bien que suprimir aquella contradicción entre el mundo de ideas y el mundo de objetos, pues las ideas no deben ser concebidas como algo distinto de las cosas sensuales. Para conseguir la verdad, para conocer la esencia del mundo, hay que examinar con mucha precisión y mucho cuidado los fenómenos de la naturaleza. Y haciendo esto se llega al resultado de que la verdadera realidad está en lo individual. Mientras, entonces, para Platón, la verdad está en el concepto general, según Aristóteles, al revés lo individual (“tóde tí”) es el tipo de la completa realidad.

Mas no hay que creer que Aristóteles entienda con su “tóde tí” los objetos materiales; pues también, según él, todo lo sensible es pasajero y mudable, mientras que el saber, la ciencia, debe ocuparse de cosas invariables y eternas. El objeto del verdadero conocimiento es, pues, lo individual, pero no lo material, lo sensible, sino lo individual concepcionalmente pensado. La realidad metafísica está, entonces, fundada en lo individual determinado por el concepto.

Llegamos al conocimiento del mundo saliendo de los hechos aislados é investigando la relación entre lo especial y lo general. En esta ocasión nos convencemos de que cada objeto de la naturaleza consiste en materia y forma, estando estas dos ligadas de tal manera que jamás puede subsistir materia sin forma o forma sin materia.[15]

La “usia” se compone de forma y materia; y la generación estriba en esto; que la esencia de las cosas (“usia”) pasa de la mera posibilidad “dinamis” a la realidadenergeia”. La materia (“hyle”) representa la posibilidad, de que la materia, plasmada por la forma, se convierte en realidad.

La materia es pura pasividad, es el objeto en el cual los fines, o mejor dicho, los designios de la naturaleza, hallan su realización. Pero no hay contraste entre materia y forma (como entre la “idea” y el “objeto sensible” de Platón), no subsisten dos cosas distintas y opuestas: materia y forma, sino que el mismo objeto, considerado en su materia, es la posibilidad de la realidad, representada por su forma.[16]

Será, quizás, permitido decir: Materia y forma son los dos lados de la misma medalla.

26. El paso de la posibilidad a la realidad se efectúa por intermedio del movimiento. Aristóteles distingue tres especies de movimiento: 1) cuantitativo o cambio del tamaño; 2) cualitativo o cambio de las propiedades del cuerpo; 3) cambio del lugar en el espacio. Pero todas estas especies quedan reducidas al movimiento de la última clase. La materia, tiene una inclinación natural, “desea” la forma; pero en vista de que es sólo posibilidad, puede tomar distintas formas; ella tiene inercia y por esto impide la completa realización de la naturaleza, siendo de este modo la causa del azar en el universo.

27. En la filosofía de Platón hemos encontrado tres fundamentos principales del mundo: