El determinismo universal es un postulado crítico, un principio del razonamiento real, como el principio de identidad y el de contradicción lo son de todo razonamiento, tanto real como ideal. La ciencia de lo real no sería posible si se negara el principio de causalidad, porque este es el fundamento de la afirmación de la causa, y la determinación de la causa es el fundamento de la inducción. Renunciar a él sería renunciar a la crítica científica en materia de conocimientos reales y afirmar el derecho a la arbitrariedad.
Esa es su función lógica. Tiene, además, una función psicológica: es uno de los fundamentos y el que da direcciones principales a la curiosidad humana. La creencia de que todas las cosas tienen una causa es lo que impulsa el pensamiento del hombre. A ella obedece inconscientemente el salvaje, cuando supone un genio en cada objeto para explicar sus cambios y movimientos. El conocimiento de ciertas fuerzas naturales y la reducción consiguiente de los fenómenos, limita la intervención de los espíritus y nace el politeísmo. La concepción de la posibilidad de un principio universal de la naturaleza, evita la necesidad de la diversidad de dioses para su explicación y la noción de Dios se conserva como la de un primer motor, en la argumentación de los teístas contra los sabios materialistas que aun no han podido determinar la causa primera que podría suplirlo. Y lo mismo que en esta dirección general de la ciencia, en las cuestiones particulares siempre es el sentimiento del determinismo, de la creencia en la existencia de una causa, lo que impulsa las investigaciones.
La función de este principio es así enorme en las ciencias. Para nosotros los escépticos es un postulado, como lo son los principios de identidad y de contradicción. Y la legitimidad de su afirmación resulta de su valor instrumental. La ciencia lo exige, y la utilidad de la ciencia para el hombre es lo que en definitiva le da razón de ser. La utilidad de la ciencia justifica así el principio en que ella se funda y determina a su vez los límites de su legitimidad. La ciencia ha demostrado su utilidad en la explicación de nuestra experiencia, y dentro de este límite, en consecuencia, el principio de causalidad se justifica; pero, si pretendiera franquearlo, nuestro escepticismo tendría que detenerlo. Su legitimación en el campo de la metafísica requeriría la previa determinación de la utilidad de las soluciones que hubiese permitido alcanzar.
La aceptación del carácter axiomático o de presupuesto con que podemos afirmarlo los escépticos, no es compatible con el punto de vista dogmático, porque ese principio no tiene los caracteres de las verdades axiomáticas, ni siquiera la evidencia requerida para poder afirmarlo como postulado. De no probarse la verdad del principio, habría que afirmar su carácter hipotético; pero esto sería dar razón al escepticismo, ya que ese carácter hipotético se extendería a toda la ciencia de lo real, que no podría tener más valor que el que tiene su fundamento. Por eso es que los dogmáticos se han esforzado en fundar la legitimidad del principio de causalidad universal; pero sólo han conseguido dar explicaciones psicológicas. Los empiristas pretenden que el fundamento del principio está en la experiencia. Pero es fácil demostrar que la experiencia nunca nos ha puesto en presencia de la necesidad que implica el principio de causalidad. Hume lo ha probado. La experiencia sólo nos presenta sucesiones; pero no da cuenta de la necesidad de la sucesión. Empíricamente, sólo se puede explicar el sentimiento de espera del efecto, por la costumbre de ver unidos los dos fenómenos. Pero esa costumbre, como lo ha demostrado Kant, no puede justificar la seguridad de la espera. De que siempre un fenómeno haya seguido a otro, no se puede concluir que siempre lo tenga que seguir. Por eso Kant pretende justificar el principio en otra forma. También buscan los empiristas un fundamento genético; pero no en la materia de la experiencia sino en la constitución del espíritu humano. El principio de causalidad es un principio a priori del entendimiento. Forma parte de la constitución mental, y en consecuencia no se puede hacer de menos que ver las cosas a través de esta categoría fundamental. Pero la explicación de Kant no sólo no justifica el valor objetivo del principio sino que para no postular el principio de causalidad tiene que postular la constitución del espíritu humano. Es querer desalojar una hipótesis con otra hipótesis, y sustituir a una dificultad otra mayor. Como lo dice Rabier, en la exposición clara e interesante que hace de esta cuestión, sólo el idealismo absoluto podría dar certeza dogmática a este principio; pero ¿en dónde estarían las pruebas del idealismo absoluto?
Las dificultades con que tropieza el dogmatismo para querer fundar el principio de causalidad, no lo son para el escéptico. Este se atiene a sus propias fuerzas y no pretende sobrepasarse. Sabe que la certeza está fuera de nuestro alcance y modestamente se satisface con aquello a que nuestras fuerzas llegan. La verdad dogmática nos está vedada, y se resigna a conseguir conocimientos útiles para la dirección de nuestra conducta. El principio de causalidad ha hecho sus armas y la utilidad de su aplicación en la investigación científica es fundamento suficiente para que le reconozcamos en su carácter de principio director de la ciencia. Tiene toda la verdad que nuestro escepticismo reconoce: su utilidad repetidamente constatada y jamás desmentida en la dirección de la crítica y de la investigación científica.
Pragmáticamente el principio de causalidad se legitima por su valor instrumental, y se justifica en definitiva por el valor de la ciencia para la dirección de la conducta. Tal es el fundamento de la base invariable en que se funda la determinación de la causa. Pasemos a considerar la manera como se determina la segunda base de la inferencia de la causa: la determinación de la coincidencia solitaria entre el antecedente y el consecuente.
V.—La constatación de la coincidencia solitaria como base experimental de la inferencia causal
La segunda condición para poder inferir una relación de causalidad en la sucesión o coincidencia de dos fenómenos es la imposibilidad de que el efecto tenga otro antecedente. Pero, ¿cómo se puede fundar la coincidencia solitaria entre los dos fenómenos?
Si los fenómenos, dice Rabier, se presentaran en una sucesión lineal, siguiendo cada secuente a un solo antecedente, la relación de causalidad resultaría de esa coincidencia solitaria. Pero es el caso de que en la experiencia la sucesión de los fenómenos nunca se nos aparece así. Suelen aparecer antecedentes y consecuentes confundidos en masas conjuntas, sin que podamos decir en qué relación individual se encuentran unos con otros.
A pesar de esto, dice también Rabier, sería con todo posible realizar experimentalmente la coincidencia solitaria, si siendo todopoderosos como el Creador, nos fuese posible realizar en algún rincón del universo una especie de vacío absoluto impenetrable a toda influencia de las partes adjuntas a los fenómenos: podríamos excluir todos los antecedentes a los que no siguiera la aparición del fenómeno; pues, en ese caso habríamos realizado la coincidencia solitaria.