III.—La causa como principio crítico
Causa, en lenguaje corriente, es una cosa o un hecho cuya presencia o ausencia impone la presencia o ausencia de otra cosa o hecho que se llama efecto. La idea de causa implica la de acción o eficiencia de la causa sobre el efecto. Pero la noción de causa no es sensible. Vemos sucesiones; mas no la acción del antecedente sobre el consecuente. La noción de causa tampoco es inteligible. Tiene contradicciones intrínsecas que no es posible resolver. La causa es un concepto relativo. No se concibe la causa sin efecto. Pero si es relativa le está en cierta manera subordinada, y en este caso ¿cómo hablar de dependencia del efecto a la causa? Por otra parte la causa no se puede concebir ni como anterior ni como coetánea del efecto. Si desapareciera antes de producirse el efecto, no existiría la acción de la causa sobre el efecto; pero, si fueran coetáneos, ¿cómo determinar la causa?; ¿quién sería el que acciona a quién?
La afirmación del concepto de causa, como concepto real, ofrece obstáculos al parecer insuperables, y las ciencias, a fin de no cargar con concepto tan difícil de justificar, tienden a eliminar su uso y a sustituirlo por otros que, desempeñando las mismas funciones, no presenten tan graves dificultades. Y así es como renunciando a la investigación de las causas primeras de las cosas, ven un sustitutivo en los conceptos de función y energía.[22]
La noción de causa como concepto real, es difícil de defender, y si la lógica inductiva tuviese que esperar que terminaran las disputas a que ha dado lugar su aceptación, para poder constituirse, deberíamos decir con S. Mill que sería de desesperar el poder adoptar una buena teoría de la inducción. Salvo que dijéramos, también con Mill, que afortunadamente la ciencia de la investigación de la Verdad por la vía de la Prueba, es independiente de las controversias que perturban la ciencia del espíritu humano, y que no es necesario proseguir el análisis de los fenómenos intelectuales hasta ese último límite que sólo puede contentar a un metafísico.
Pero no creo que sea necesario cortar la dificultad como lo hace Mill a la manera de Alejandro el nudo gordiano. La noción de causa como concepto real ofrece evidentemente dificultades insuperables. Pero creo que procediendo pragmáticamente se puede orillar la dificultad en la teoría de la inducción. Y para esto tenemos que hacer una distinción análoga a la que hicimos al considerar los principios generales de todo razonamiento, los de identidad y de contradicción. En éstos distinguimos el principio crítico del concepto real. Y en la causa tenemos que hacer igual distinción. Una cosa es el concepto metafísico de la causa realizada en los objetos y otra cosa es el principio crítico fundamento de la inducción.
La causa como principio crítico es la necesidad subjetiva de afirmar la relación de causalidad entre dos fenómenos, necesidad que se funda en el postulado del determinismo universal por una parte y en la imposibilidad por la otra de referir la producción del fenómeno a otro antecedente que no sea el que calificamos de causa. Como principio crítico sólo tiene valor subjetivo, a diferencia del concepto real que afirma la existencia de la correlación. Como principio crítico tiene sólo un valor instrumental. Y este valor dependerá de su eficacia. La afirmación de la causa tiene el mismo valor instrumental que la afirmación de la identidad y de la contradicción en los razonamientos. Estos, como conceptos reales, ofrecen los mismos inconvenientes. Lo sensible no ofrece ejemplos ni de identidades ni de contradicciones, e inteligiblemente son también inconcebibles; pero tienen valor instrumental, y en este sentido son eficaces, y por eso los afirmamos. Esto que para nosotros los escépticos no presenta dificultades, naturalmente no puede ser admitido por un dogmático.
La noción de causa, como la de identidad y de contradicción, vale como principio crítico; pero a diferencia de aquellos principios que se afirman intuitivamente, la noción de causa supone una inferencia. La necesidad en que se encuentra el espíritu humano de afirmar la relación causal entre dos fenómenos, proviene de la imposibilidad de explicar en otra forma la sucesión o la coexistencia entre ellos. La relación causal no está dada en la observación, a diferencia de la identidad y de la contradicción. La contradicción de que un negro sea blanco es intuitiva, como lo es la identidad del color de las diversas partes de una pared blanca. Pero la constatación de una relación causal nunca puede resultar de la intuición sensible. La relación causal no es perceptible. Es imposible ver la acción de una cosa sobre la otra: “por ejemplo, la acción de una billa sobre la otra; la acción de la luna sobre el mar. Hume lo ha demostrado, y nadie lo ha contradicho. Así, pues, la observación no puede constatar la causa; aunque tuviéramos los ojos de Argos o microscopios que aumentaran un millón de veces, no se vería a este respecto más de lo que vemos” (Rabier).
La afirmación causal es el producto de una inferencia. Si dos hechos se suceden de modo que la aparición de uno determina la del otro y no viceversa, y si entre ellos no se interponen otros hechos u otras cosas, sentimos la necesidad de afirmar la relación causal, la que se funda así: 1.ᵒ en la existencia de un presupuesto: el de que los hechos no se producen sin causa; y 2.ᵒ en una constatación: la de que no existen otros antecedentes que el que se afirma como causa.
La noción de causa como principio crítico sólo afirma un estado subjetivo, lo mismo que el principio de identidad y de contradicción. Pero, a diferencia, de éstos, que se fundan intuitivamente, la noción de causa supone una inferencia que la afirme, fundada en un postulado invariable que es el principio de causalidad o determinismo universal, y en una constatación de hecho, la de la ausencia de otros antecedentes, es decir la coincidencia solitaria de la causa con el efecto. El valor de la afirmación de una causa depende, por lo tanto, del valor del postulado y de la legitimidad de la constatación. Veamos, pues, el valor del principio de la casualidad primero, y luego determinemos la manera de proceder para establecer la coincidencia solitaria entre los dos fenómenos.