La calma del lago, la penumbra de una noche tranquila y estrellada, pareció darle valor. Arriba el azul obscuro del cielo; abajo el azul blanquecino del agua, conmovido por estremecimientos misteriosos que hacían temblar en su fondo el reflejo de las estrellas. Chillaban los pájaros en los carrizales y susurraba el agua con el coleteo de los peces persiguiéndose. De vez en cuando confundíase con estos rumores el llanto rabioso del recién nacido.

Tonet, cansado por aquella noche de continuos viajes, seguía moviendo su percha, empujando el barquito hacia el Saler. Su cuerpo sentíase embrutecido por la fatiga; pero el pensamiento, despierto y aguzado por el peligro, funcionaba con más actividad aún que los brazos.

Ya estaba lejos del Palmar, pero aún le faltaba más de una hora para llegar al Saler. De allí á la ciudad otras dos horas largas de camino. Tonet miró al cielo: debían ser las tres. Antes de dos horas surgiría el alba y el sol estaría ya en el horizonte cuando llegase él á Valencia. Además, pensaba con terror en la larga marcha por la huerta de Ruzafa, vigilada siempre por la Guardia civil; en la entrada en la ciudad, bajo la mirada de los del resguardo de consumos, que querrían examinar el paquete que llevaba bajo el brazo; en las gentes que se levantaban antes del amanecer y le encontrarían en el camino, reconociéndolo. ¡Y aquel llanto desesperado, escandaloso, que cada vez era más fuerte y constituía un peligro aun en medio de la soledad de la Albufera!...

Tonet veía ante él un camino interminable, infinito, y sentía que las fuerzas le abandonaban. Nunca llegaría á las calles de la ciudad, desiertas al amanecer, á los portales de las iglesias, donde se abandonan los niños como un fardo enojoso. Era fácil desde el Palmar, en la soledad silenciosa del dormitorio, decir: «Tonet, haz esto»; pero la realidad se encargaba después de ponerse delante con sus obstáculos infranqueables.

Aun en el mismo lago crecía por momentos el peligro. Otras veces podía navegarse de una orilla á otra sin encontrar á nadie, pero en aquella noche la Albufera estaba poblada. En cada mata, en cada replaza notábase el trabajo de hombres invisibles, los preparativos de la tirada.

Todo un pueblo iba y venía en la obscuridad sobre los negros barquitos. En el silencio de la Albufera, que transmitía los ruidos á prodigiosas distancias, sonaban los mazos clavando las estacas de los puestos de las cazadores, y como rojas estrellas brillaban á flor de agua los manojos de inflamadas hierbas, á cuya luz terminaban sus preparativos los barqueros. ¿Cómo seguir adelante, entre gentes que le conocían, acompañado por el lloro del recién nacido, lamento incomprensible en medio del lago? Cruzóse con una barca que pasó á larga distancia, pero al alcance de la voz. Sin duda se habían extrañado de aquel llanto.

Compañero—gritó una voz lejana—, ¿qué pòrtes ahí?

Tonet nada dijo, pero sus fuerzas le abandonaron para seguir el viaje, y se sentó en un extremo del barquito, soltando la percha. Quería permanecer allí, aunque le sorprendiese el amanecer. Tenía miedo á continuar y se abandonaba con el anonadamiento del rezagado que se arroja al suelo sabiendo que va á morir. Reconocíase impotente para cumplir su promesa. ¡Que le sorprendiesen, que todos se enteraran de lo ocurrido, que Neleta perdiese su herencia!... ¡él no podía más!

Pero apenas hubo adoptado esta resolución desesperada, comenzó á marcarse en su cerebro una idea que parecía quemarle con su contacto. Primero fué un punto de fuego, después un ascua, luego una llamarada, hasta que por fin rompió como formidable incendio que hinchaba su cabeza, amenazándola con un estallido, mientras un sudor helado se esparcía por su frente como la respiración de este hervidero.

¿Para qué ir más lejos?... El deseo de Neleta era que desapareciese el testigo de su falta para no perder una parte de la fortuna; abandonarlo, ya que con su presencia podía comprometer la tranquilidad de los dos, y para esto ningún sitio como la Albufera, que había ocultado muchas veces á hombres buscados por la justicia, salvándolos de minuciosas persecuciones.