Arriba vió á Neleta tendida en el lecho, blanca, pálida, inmóvil, sin más vida que el brillo de sus ojos.

¡Tonet... Tonet!—dijo débilmente.

El amante adivinó en su voz y en su mirada todo lo que quería decirle. Era una orden, un mandato inflexible. La fiera resolución que tantas veces había asustado á Tonet volvía á reaparecer en plena debilidad, después de la crisis anonadadora. Neleta habló lentamente, con una voz débil como un suspiro lejano. Lo más difícil había pasado ya: ahora le tocaba á él. Á ver si mostraba coraje.

La tía, temblando, con la cabeza perdida, sin darse cuenta de sus actos, presentaba á Tonet un envoltorio de ropas, dentro del cual se revolvía un pequeño ser, sucio, maloliente, con la carne amoratada.

Neleta, al ver próximo á ella el recién nacido, hizo un gesto de terror. ¡No quería verlo: temía mirarlo! Se tenía miedo á sí misma, segura de que si fijaba un instante la vista en él, renacería la madre y le faltaría valor para dejar que se lo llevasen.

¡Tonet... en seguida... empòrtatelo!

El Cubano dió sus instrucciones rápidamente á la vieja y bajó para despedirse de los labradores, que ya dormían. Fuera de la taberna, por la parte del canal, la vieja le entregó el animado paquete á través de una ventana del piso bajo.

Cuando se cerró la ventana y Tonet quedó solo en la obscuridad de la noche, sintió que de golpe se desplomaba todo su valor. El lío de ropas y de carne blanducha que llevaba bajo su brazo le infundía miedo. Parecía que instantáneamente se había despertado en él una nerviosidad extraña que aguzaba sus sentidos. Oía todos los rumores del pueblo, hasta los más insignificantes, y le parecía que las estrellas tomaban un color rojo. El viento estremeció un olivo enano inmediato á la taberna y el rumor de las hojas hizo correr á Tonet, como si todo el pueblo despertase y se dirigiera hacia él preguntando qué llevaba bajo el brazo. Creyó que la Samaruca y sus parientes, alarmados por la ausencia de Neleta durante el día, rondaban la taberna como otras veces y que la feroz bruja iba á aparecer en la orilla del canal. ¡Qué escándalo si le sorprendían con aquel envoltorio!... ¡Qué desesperación la de Neleta!...

Arrojó en el fondo de su barquito el paquete de ropas, del cual comenzó á salir un llanto desesperado, rabioso, y cogiendo la percha pasó el canal con una velocidad loca. Perchaba furiosamente, como espoleado por los lloros del recién nacido, temiendo ver iluminadas las ventanas de las casas y que las sombras de los curiosos le preguntasen adónde iba.

Pronto dejó atrás las viviendas silenciosas del Palmar y salió á la Albufera.