Era más de media noche cuando llegó al Palmar. Estaba fatigado, con los brazos rotos por el desesperado viaje y deseaba encontrar tranquila la taberna para caer como un leño en la cama. Al amarrar su barquichuelo frente á la casa, la vió cerrada y silenciosa como todas las del pueblo, pero las rendijas de las puertas marcábanse con líneas de roja luz.
Le abrió la tía de Neleta, y al reconocerle hizo un gesto de atención, designando con el rabillo del ojo á unos hombres sentados ante el hogar. Eran labradores de la parte de Sueca que habían venido á la tirada: antiguos parroquianos que tenían campos cerca del Saler y á los que no se podía despedir, so pena de inspirar sospechas. Habían cenado en la taberna y dormitaban junto al fuego, para montar en sus barquitos una hora antes de romper el día y esparcirse por el lago, esperando los pájaros que escapasen ilesos de los buenos puestos.
Tonet los saludó á todos, y después de cambiar algunas palabras sobre la fiesta del día siguiente, subió al dormitorio de Neleta.
La vió en camisa, pálida, las facciones desencajadas, oprimiéndose los riñones con ambas manos y con una expresión de locura en los ojos. El dolor la hacía olvidar la prudencia, y lanzaba rugidos que asustaban á su tía.
—¡Te van á oir!—exclamaba la vieja.
Neleta, sobreponiéndose al sufrimiento, se ponía los puños en la boca ó mordía las ropas de su cama para ahogar los gemidos.
Por consejo de ella, Tonet bajó á la taberna. Nada había de remediar permaneciendo arriba. Acompañando á aquellos hombres, distrayéndolos con su conversación, podía impedir que oyesen algo que les infundiera sospechas.
Tonet pasó más de una hora calentándose en el rescoldo de la chimenea, hablando con los labradores de la pasada cosecha y de las magníficas tiradas que se preparaban. Hubo un momento en que se cortó la conversación. Todos oyeron un grito desgarrado, salvaje: un chillido semejante al de una persona asesinada. Pero la impasibilidad de Tonet los tranquilizó.
—El ama está un pòch mala—dijo.
Y siguieron hablando, sin prestar atención á los pasos de la vieja, que iba de un lado á otro apresuradamente, haciendo temblar el techo. Pasada media hora, cuando Tonet creyó que todos habían olvidado el incidente, volvió á subir al dormitorio. Algunos labradores cabeceaban, dominados por el sueño.