—El tres va á la mata del Siñor... El cuatre va al rincó de San Ròch... El sinc á la ca... del barber.
Duró cerca de una hora la designación de los puestos, y mientras los cantaban los guardas con lentitud, un muchachuelo los inscribía en un gran libro sobre la mesa.
Terminada la designación, se extendían las licencias de caza ambulantes para la gente menuda: unos permisos que sólo costaban dos duros y con los cuales podían ir los labradores en sus barquitos por toda la Albufera, á cierta distancia de los puestos, rematando los pájaros que escapaban del escopetazo de los ricos.
Los grandes cazadores se despedían estrechándose las manos. Unos querían dormir en el Saler con el propósito de ir á su puesto cuando rompiese el día; otros, más fogosos, partían inmediatamente para el lago, queriendo vigilar por sí mismos la instalación del enorme tanque dentro del cual habían de pasar la jornada. «¡Vaya!... ¡bòna sòrt y divertirse!» Y cada uno llamaba á su barquero para convencerse de que nada faltaba en los preparativos.
Tonet ya no estaba en el Saler. En el silencio del acto de la demaná le había acometido una angustia grande. Tenía ante sus ojos la imagen dolorida de Neleta retorciéndose con los sufrimientos, sola allá en el Palmar, caída en el suelo, sin encontrar quien la consolase, amenazada por la vigilancia de los enemigos.
No pudo resistir su pena y salió de la casa de la Demaná, dispuesto á volver inmediatamente al Palmar, aunque esto le costase reñir con su abuelo. Cerca de la casa de los Infantes, donde estaba la taberna, oyó que le llamaban. Era Sangonera. Tenía hambre y sed; había rondado las mesas de los cazadores ricos sin alcanzar la más insignificante piltrafa: todo se lo comían los barqueros.
Tonet pensó en ser sustituído por el vagabundo; pero el hijo del lago se extrañó de que le propusieran tripular una barca, más aún que si el vicario del Palmar le invitase á pronunciar la plática del domingo. Él no servía para eso; además, no le gustaba perchar para nadie. Ya conocía su pensamiento: el trabajo era cosa del demonio.
Pero Tonet, impaciente y angustiado, no estaba para oir las tonterías de Sangonera. Nada de resistencias, ó le aliviaba el hambre y la sed echándolo en el canal de una patada. Los amigos sirven para sacar de un apuro á los amigos. ¡Bien sabía perchar en barquitos ajenos cuando iba á meter sus uñas en las redes de los redolíns, robando las anguilas! Además, si tenía hambre, podía refocilarse como nunca en el cargamento de provisiones que aquel señor traía de Valencia. Al ver dudoso á Sangonera por la esperanza de hartazgo, acabó de decidirle con fuertes empujones, llevándolo hasta la barca del cazador y explicándole cómo había de disponer todos los preparativos. Cuando se presentase el amo podía decirle que él estaba enfermo y lo había buscado como sustituto.
Antes de que el absorto Sangonera acabase de titubear, ya Tonet había montado en su ligero barquito y emprendía la marcha perchando como un desesperado.
El viaje era largo. Había que atravesar toda la Albufera para ir al Palmar, y no soplaba viento. Pero Tonet sentíase espoleado por el miedo, por la incertidumbre, y su barquito resbalaba como una lanzadera sobre el obscuro tisú del agua, moteado por los puntos de luz de las estrellas.