El silencio se hizo aún más profundo. Iba á procederse á la demanda de los puestos.
Á ambos lados de la mesa, erguidos como heraldos de la autoridad del lago, estaban los dos guardas más antiguos de la Albufera: dos hombres delgados, pardos de color, de ondulantes movimientos y rostro hocicudo; dos anguilas con blusa, que parecían vivir en el fondo del agua para no presentarse más que en las grandes solemnidades cinegéticas.
Un guarda pasaba lista para saber si todos los puestos estarían ocupados en la tirada del día siguiente.
—¡El ú!... ¡el dos!...
Iban por turno, según la cantidad que pagaban anualmente y su antigüedad. Los barqueros, al oir el número de sus amos, contestaban por éstos:
—¡Avant! ¡avant!
Después de pasar lista venía el momento solemne, la demaná, la designación que cada barquero, de acuerdo con su cazador ó por propia cuenta como más experto, hacía del sitio para la tirada.
—¡El tres!—decía uno de los guardas.
É inmediatamente el que tenía dicho número lanzaba el nombre que llevaba pensado. «La mata del Siñor...» «La barca podrida...» «El rincó de la Antina.» Así iban sonando los sitios de la caprichosa geografía de la Albufera; lugares bautizados al gusto de los barqueros; títulos muchos de ellos que no podían repetirse sin rubor ante mujeres ó que revolvían el estómago al nombrarse en la mesa, á pesar de lo cual sonaban en este acto con solemnidad, sin producir la más ligera sonrisa.
El segundo guarda, que tenía una voz de clarín, al oir la designación hecha por los barqueros erguía la cabeza, y con los ojos cerrados y las manos en la verja decía á todo pulmón, con un grito desgarrador que se extendía en el silencio de la noche: