El tío Paloma buscó al nieto para presentarle su cazador. Era un señor gordo, de aspecto bonachón y pacífico; un industrial de la ciudad, que, después de una vida de trabajo, creía llegado el momento de divertirse como los ricos y copiaba los placeres de sus nuevos amigos. Parecía molesto por su terrorífico aparato: le pesaban las bolsas para la caza, la escopeta, las altas botas, todo nuevo, recién comprado. Pero al fijarse en la canana en forma de bandolera que le cruzaba el pecho, sonreía bajo su enorme fieltro, juzgándose igual á uno de aquellos héroes boers cuyos retratos admiraba en los periódicos. Cazaba por primera vez en el lago, y confiábase á la experiencia del barquero para escoger el sitio cuando llegase su número.

Los tres cenaron en una barraca con otros cazadores. La sobremesa era ruidosa en veladas como aquélla. Medíase el ron á vasos, y en torno de la mesa, como perros hambrientos, se agrupaban los vecinos del pueblo, riendo los chistes de los señores, aceptando cuanto les ofrecían y bebiéndose uno solo lo que los cazadores creían suficiente para todos.

Tonet apenas comía, escuchando como á través de un sueño los gritos y risas de aquella gente, la regocijada protesta con que acogían las mentirosas hazañas de los cazadores fanfarrones. Pensaba en Neleta; se la imaginaba encogida de dolor en el piso alto de la taberna, revolcándose en el suelo, ahogando sus rugidos, sin poder gritar para alivio de su sufrimiento.

Fuera de la barraca sonaba el esquilón de la casa de la Demaná con un timbre tembloroso de campana de ermita.

Ya en van dos—dijo el tío Paloma, que contaba el número de toques con gran atención, temiendo más llegar tarde á la demaná que perder una misa.

Cuando sonó el esquilón por tercera vez, abandonaron la mesa cazadores y barqueros, acudiendo todos al lugar donde se designaban los puestos.

La luz del farolón había sido aumentada con la de dos quinqués, colocados sobre la mesa del estrado. Detrás de la verja estaban los arrendatarios de la Albufera, y tras ellos, hasta la pared del fondo, los cazadores abonados perpetuamente al lago, que ocupaban este sitio por derecho propio. Al otro lado de la verja, llenando el portal y esparciéndose fuera de la casa, estaban los barqueros, los cazadores pobres, toda la gente menuda que acudía á las tiradas. Un hedor de mantas húmedas, de pantalones manchados de barro, de aguardiente y tabaco malo esparcíase sobre el gentío que se estrujaba contra la verja. Las blusas impermeables de los cazadores resbalaban sobre los cuerpos cercanos con un chirrido que aguzaba los dientes. En el gran marco de sombra de la puerta abierta se marcaban como indecisas manchas los blancos frontones de las barracas inmediatas.

Á pesar de esta aglomeración no se alteraba el silencio que parecía dominar á todos apenas pisaban el umbral. Se notaba la misma ansiedad muda que reina en los tribunales cuando se resuelve la suerte de un hombre, ó en los sorteos al decidirse la fortuna. Si alguien hablaba era en voz baja, con tímido cuchicheo, como en la alcoba de un enfermo.

El arrendatario principal se levantó:

Caballers...