Huía sin saber de quién, como si sus criminales pensamientos bogasen á su espalda persiguiéndolo. Se inclinó varias veces sobre el barquito, tendiendo una mano á aquel envoltorio de trapos del que salían furiosos chillidos, y la retiró inmediatamente. Pero al enredarse la barca en unas raíces, el miserable, como si quisiera aligerar la embarcación de un lastre inmenso, cogió el envoltorio y lo arrojó con fuerza por encima de su cabeza, más allá de los carrizos que le rodeaban.
El paquete desapareció entre el crujido de las cañas. Los harapos se agitaron un instante en la penumbra del amanecer, como las alas de un pájaro blanco que cayese muerto en la misteriosa profundidad del carrizal.
Otra vez sintió el miserable la necesidad de huir, como si alguien fuese á sus alcances. Perchó como un desesperado al través del carrizal hasta encontrar una vena de agua; la siguió en todas sus tortuosidades entre las altas matas, y al salir á la Albufera, con el barquito libre de todo peso, respiró, contemplando la faja azulada del amanecer.
Después se tendió en el fondo de la embarcación y durmió con sueño profundo y anonadador: el sueño de muerte que sobreviene tras las grandes crisis nerviosas y surge casi siempre á continuación de un crimen.
IX
El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado á la pericia de Sangonera.
Antes de amanecer, al clavar el puesto, el prudente burgués tuvo que implorar el auxilio de algunos barqueros, que rieron mucho viendo el nuevo oficio del vagabundo.
Con la presteza de la costumbre clavaron tres estacas en el fondo fangoso de la Albufera y colocaron, apoyado en ellas, el enorme tanque que había de servir de refugio al cazador. Después rodearon de cañas el puesto para engañar á las aves y que se acercaran confiadas, creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua. Para ayudar á este engaño, en torno del puesto flotaban los bots: unas cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho que, con las ondulaciones del lago, movíanse á flor de agua. De lejos causaban la impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de las cañas.
Sangonera, satisfecho de haberse librado de todo trabajo, invitó al amo á ocupar el puesto. Él se alejaría en el barquito á cierta distancia para no espantar la caza, y cuando llevase muertas varias fúlicas, no tenía más que gritar, é iría á recogerlas sobre el agua.