¡Vaya!... ¡bòna sòrt, don Joaquín!

El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de ser útil, que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por las torpezas anteriores. Estaba bien: él le llamaría tan pronto como tumbase un pájaro. Para no aburrirse durante la espera, podía ir dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones. La señora le había pertrechado con tanta abundancia como si fuese á dar la vuelta al mundo.

Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados, á más de abundantes panes, una cesta de fruta y una gran bota de vino. El hocico de Sangonera tembló de emoción viendo confiado á su prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche anterior. No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se trataba el parroquiano. ¡Gracias, don Joaquín! Ya que era tan bueno y le invitaba á mojar, se permitiría alguna ligera sucaeta para entretener el tiempo. Una mojadita nada más.

Y alejándose del puesto, se situó al alcance de la voz del cazador, encogiéndose después en el fondo del barquito.

Había amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera, agrandados por el eco del lago. Apenas si se veían sobre el cielo gris las bandas de pájaros, que levantaban el vuelo espantados por el estruendo de las descargas. Bastaba que en su veloz aleteo descendiesen un poco, buscando el agua, para que inmediatamente una nube de plomo cayese sobre ellos.

Al quedar don Joaquín solo en su puesto, no pudo evitar una emoción semejante al miedo. Se veía aislado en medio de la Albufera, dentro de un pesado cubo, sin otro sostén que unas estacas, y temía moverse, con la sospecha de que todo aquel catafalco acuático viniera abajo, sepultándolo en el fango. El agua, con suaves ondulaciones, venía á chocar en el borde de madera, á la altura de la barba del cazador, y su continuo chap-chap le causaba escalofríos. Si aquello se hundía, pensaba don Joaquín, por pronto que llegase el barquero ya estaría en el fondo con todo el peso de la escopeta, los cartuchos y aquellas botas enormes, que le causaban insoportable picazón, hundidas en la paja de arroz de que estaba atiborrado el cubo. Le ardían las piernas, mientras sus manos estaban ateridas por el fresco del amanecer y el frío glacial de la escopeta. ¿Y esto era divertirse?... Comenzaba á encontrar pocos lances á un placer tan costoso.

¿Y los pájaros? ¿Dónde estaban aquellas aves que sus amigos cazaban á docenas? Hubo un momento en que se revolvió impetuosamente en su asiento giratorio, llevándose á la cara la escopeta con trémula emoción. ¡Ya estaban allí!... Nadaban descuidadamente en torno del puesto. Mientras él reflexionaba, casi adormecido por el fresco del amanecer, habían llegado á docenas huyendo de los lejanos escopetazos y nadaban junto á él con la confianza del que encuentra un buen refugio. No tenía más que tirar á ciegas... ¡caza segura! Pero al ir á hacer fuego, reconoció los bots, toda la banda de pájaros de corcho que había olvidado por la falta de costumbre, y bajó la escopeta, mirando en torno, con el temor de encontrar en la soledad los ojos burlones de sus amigos.

Volvió á esperar. ¿Contra qué demonios tiraban aquellos cazadores cuyas escopetas no cesaban de conmover la calma del lago?... Poco después de salir el sol, don Joaquín pudo disparar por fin su arma virgen. Pasaron tres pájaros casi á flor de agua. El novel cazador hizo fuego temblando. Le parecían aquellas aves enormes, monstruosas, verdaderas águilas agigantadas por la emoción. El primer tiro sirvió para que avivasen aún más el vuelo, pero inmediatamente partió el segundo, y una fúlica, plegando las alas, cayó después de varias volteretas, quedando inmóvil sobre el agua.

Don Joaquín se levantó con tal ímpetu, que hizo temblar el puesto. En aquel instante se consideraba superior á todos los hombres: admirábase á sí mismo, adivinando en él una fiereza de héroe que nunca había sospechado.

¡Sangonera!... ¡barquero!—gritó con voz trémula de emoción—. ¡Una!... ¡ya’n tenim una!