Le contestó un gruñido casi ininteligible: una boca llena, atascada, que apenas abría paso á las palabras... ¡Estaba bien! Ya iría á recogerlas cuando fuesen más.

El cazador, satisfecho de su hazaña, volvió á ocultarse tras la cortina de carrizos, seguro de que se bastaba él solo para acabar con los pájaros del lago. Toda la mañana la pasó disparando, sintiendo cada vez con más intensidad la embriaguez de la pólvora, el placer de la destrucción. Tiraba y tiraba sin fijarse en distancias, saludando con la escopeta á todos los pájaros que pasaban ante su vista, aunque volasen cerca de las nubes. ¡Cristo! ¡Sí que era divertido aquello! Y en estas descargas á ciegas, alguna vez tocaba su plomo á infelices pájaros, que caían por obra de la fatalidad víctimas de una mano torpe, después de haber escapado ilesos de los cazadores más hábiles.

Mientras tanto, Sangonera permanecía invisible en el fondo de la barca. ¡Qué día, redeu! El arzobispo de Valencia no estaría mejor en su palacio que él en el barquito, sentado sobre la paja, con una pataca de pan en la mano y oprimiendo un puchero entre las piernas. ¡Que no le hablasen á él de las abundancias de casa de Cañamèl! ¡Miseria y presunción que únicamente podían deslumbrar á los pobres! ¡Los señores de la ciudad eran los que se trataban bien!...

Había comenzado por pasar revista á los tres pucheros, cuidadosamente tapados con gruesas telas amarradas á la boca. ¿Cuál sería el primero?... Escogió á la ventura, y abriendo uno se dilató su hocico voluptuosamente con el perfume del bacalao con tomate. Aquello era guisar. El bacalao estaba deshecho entre la pasta roja del tomate, tan suave, tan apetitoso, que al tragar Sangonera el primer bocado creyó que le bajaba por la garganta un néctar más dulce que el líquido de las vinajeras que tanto le tentaba en sus tiempos de sacristán. ¡Con aquello se quedaba! No había por qué pasar adelante. Quiso respetar el misterio de los otros dos pucheros; no desvanecer las ilusiones que despertaban sus bocas cerradas, tras las cuales presentía grandes sorpresas. ¡Ahora á lo que estábamos! Y metiendo entre sus piernas el oloroso puchero, comenzó á tragar con sabia calma, como quien tiene todo el día por delante y sabe que no puede faltarle ocupación. Mojaba lentamente, pero con tal pericia, que al introducir en el perol su mano armada de un pedazo de pan, bajaba considerablemente el nivel. El enorme bocado ocupaba su boca, hinchándole los carrillos. Trabajaban las mandíbulas con la fuerza y la regularidad de una rueda de molino, y mientras tanto, sus ojos fijos en el puchero exploraban las profundidades, calculando los viajes que aún tendría que realizar la mano para trasladarlo todo á su boca.

De vez en cuando arrancábase de esta contemplación. ¡Cristo! El hombre honrado y trabajador no debe olvidar sus obligaciones en medio del placer. Miraba fuera de la barca, y al ver aproximarse los pájaros lanzaba su aviso:

¡Don Joaquín! ¡Per la part del Palmar!... ¡Don Joaquín! ¡Per la part del Saler!

Después de avisar al cazador por dónde venían las aves, sentíase fatigado de tanto trabajo y daba un fuerte tentón á la bota de vino, reanudando el mudo diálogo con el puchero.

Llevaba el amo derribadas unas tres fòches, cuando Sangonera dejó á un lado el perol casi vacío. En el fondo, adheridas á las paredes de barro, quedaban unas cuantas hilachas. El vagabundo sintió el llamamiento de su conciencia. ¿Qué iba á quedar para el amo si se lo comía todo? Debía contentarse con una mojadita nada más. Y guardando el puchero bajo la proa, cuidadosamente tapado, su curiosidad le impulsó á abrir el segundo.

¡Redeu, qué sorpresa! Lomo de cerdo, longanizas, embutido del mejor; todo frío, pero con un tufillo de grasa que conmovió al vagabundo. ¡Cuánto tiempo que su estómago, habituado á la carne blanca é insípida de las anguilas, no había sentido el peso de las cosas buenas que se fabrican tierra adentro!... Sangonera se reprochó como una falta de respeto al amo despreciar el segundo puchero. Sería tanto como manifestar que él, hambriento vagabundo, no se enternecía ante las buenas cosas que guisaban en casa de don Joaquín. Por una mojada más ó menos no iba á enfadarse el cazador.

Y otra vez volvió á acomodarse en el fondo de la barca, con las piernas cruzadas y el puchero entre ellas. Sangonera se estremecía voluptuosamente al tragar los bocados: cerraba los ojos para apreciar mejor su lento descenso al estómago. ¡Qué día, Señor, qué gran día!... Parecíale que mascaba por primera vez en toda la mañana. Ahora miraba con desprecio el primer puchero, metido bajo la proa. Aquel guiso era bueno como entretenimiento, para engañar el estómago y divertir las mandíbulas. Lo bueno era esto; las morcillas, la longaniza, el lomo apetitoso que se deshacía entre los dientes, dejando tal sabor, que la boca buscaba otro pedazo, y otro después, sin tener nunca bastante.