Al ver la facilidad con que se vaciaba el segundo puchero, Sangonera sentía afán por servir al amo, cumpliendo minuciosamente sus obligaciones, y siempre con las mandíbulas ocupadas, miraba á todos lados, lanzando unos gritos que parecían mugidos:

¡Per la part del Saler!... ¡Per la part del Palmar!

Para que no se formase un tapón en su garganta, apenas si dejaba quieta la bota. Bebía y bebía de aquel vino, mucho mejor que el de Neleta; y el rojo líquido parecía excitar su apetito, abriendo nuevas simas en el estómago sin fondo. Sus ojos brillaban con el fuego de una embriaguez feliz; su cara, en fuerza de colorearse, tomaba un tinte violáceo, y los eructos ruidosos le conmovían de pies á cabeza. Con sonrisa placentera se golpeaba el hinchado vientre.

¡Eh! ¿qué tal? ¿cóm va això?—preguntaba á su estómago, como si fuese un amigo, dándole palmadas.

Y su embriaguez era más dulce que nunca: una embriaguez de hombre bien comido que bebe en plena digestión: no la borrachera triste y lóbrega que le acometía en su miseria cuando arrojaba copas y copas en el estómago vacío, encontrando en las riberas del lago gentes que le convidaban siempre á beber, pero nadie que le ofreciera un pedazo de pan.

Sumíase en su borrachera sonriente, sin dejar por esto de comer. La Albufera la veía de color de rosa. El cielo, de un azul luminoso, parecía rasgarse con una sonrisa igual á aquella que le acarició una noche en el camino de la Dehesa. Únicamente veía negro, con la lobreguez de una tumba vacía, el puchero que guardaba entre las piernas. Se lo había comido todo. Ni restos quedaban del embutido.

Quedó como aterrado un momento por su voracidad. Pero después su apetito le dió risa, y para pasar la amargura de la falta, empinó la bota largo rato.

Reía á carcajadas pensando en lo que dirían en el Palmar al conocer su hazaña, y con el deseo de completarla, probando todos los víveres de don Joaquín, destapó el tercer puchero.

¡Rediel! Dos capones atascados entre las paredes de barro, con la piel dorada y chorreando grasa: dos adorables criaturas del Señor, sin cabeza, con los muslos unidos al cuerpo por varias vueltas de tostado bramante y la pechuga saliente y blanca como la de una señorita. ¡Si no metía mano á aquello no era hombre! ¡Aunque don Joaquín le soltase un escopetazo!... ¡Cuánto tiempo que no probaba tales golosinas! No había comido carne desde la época en que servía de perro á Tonet y cazaban por bravura en la Dehesa. Pero pensando en la carne estoposa y áspera de los pájaros del lago, aumentábase el placer con que devoraba las blancas fibras de los capones, la piel dorada, que crujía entre sus dientes mientras chorreaba la grasa por la comisura de sus labios.

Comía como un autómata, con la voluntad tenaz de tragar y tragar, mirando ansiosamente lo que quedaba en el fondo del puchero, como si estuviera empeñado en una apuesta.