Don Joaquín sintió deseos de levantar la culata de su escopeta sobre el barquero, pero pasado este impulso, quedóse contemplándolo con asombro. ¿Aquel destrozo lo había hecho él solo?... ¡Vaya un modo de dar mojaditas que tenía el bigardo! ¿Dónde se había metido tanta cosa?... ¿Podía caber en estómago humano?...

Pero Sangonera, oyendo al enfurecido cazador, que lo llamaba pillo y sinvergüenza, sólo sabía contestar con voz quejumbrosa:

¡Ay don Joaquín!... ¡Estic mal! ¡Molt mal!...

Sí que se sentía mal. No había más que ver su cara amarillenta, sus ojos que en vano pugnaban por abrirse, sus piernas que no podían sostenerse erguidas.

Enfurecido el cazador, iba á golpear á Sangonera, cuando éste se desplomó en el fondo del barquito, clavándose las uñas en la faja como si quisiera abrirse el vientre. Encorvábase hecho una pelota, con dolorosas convulsiones que crispaban su cara, dando á los ojos una vidriosa opacidad.

Gemía y al mismo tiempo arqueábase con profundas convulsiones, pugnando por arrojar del cuerpo el prodigioso atracón, que parecía asfixiarle con su peso.

El cazador no sabía qué hacer, y otra vez encontraba enojoso su viaje á la Albufera. Tras media hora de juramentos, cuando ya se creía condenado á coger la percha y emprender por sí mismo la marcha hacia el Saler, se apiadaron de sus gritos unos labradores de los que cazaban sueltos por el lago.

Reconocieron á Sangonera y adivinaron su mal. Era un atracón de muerte: aquel vagabundo debía acabar así.

Movidos por esa fraternidad de las gentes del campo, que les impulsa á prestar ayuda hasta á los más humildes, cargaron á Sangonera en su barca para llevarlo al Palmar, mientras uno de ellos se quedaba con el cazador, satisfecho de servirle de barquero á cambio de disparar su escopeta.

Á media tarde vieron las mujeres del Palmar caer al vagabundo en la orilla del canal, con la inercia de un fardo.