¡Pillo!... ¡Alguna borrachera!—gritaban todas.

Pero los buenos hombres que hacían la caridad de llevarlo en alto como un muerto hasta su mísera barraca movían la cabeza tristemente. No era sólo embriaguez, y si el vago escapaba de aquélla, bien podía decirse que su carne era de perro. Relataban aquel atragantamiento portentoso que le ponía á morir, y las gentes del Palmar reían asombradas, sin ocultar al mismo tiempo su satisfacción, contentas de que uno de los suyos demostrase tan inmenso estómago.

¡Pobre Sangonera! La noticia de su enfermedad circuló por todo el pueblo, y las mujeres fueron en grupos hasta la puerta de la barraca, asomándose á este antro, del que todos huían antes. Sangonera, tendido en la paja, con los ojos vidriosos fijos en el techo y la cara de color de cera, se estremecía, rugiendo de dolor, como si le desgarraran las entrañas. Expelía en torno de él nauseabundos arroyos de líquidos y alimentos á medio masticar.

¿Cóm estás, Sangonera?—preguntaban desde la puerta.

Y el enfermo contestaba con un gruñido doloroso, cambiando de posición para volver la espalda, molestado por el desfile de todo el pueblo.

Otras mujeres, más animosas, entraban, arrodillándose junto á él, y le tentaban el abdomen, queriendo saber dónde le dolía. Discutían entre ellas sobre los medicamentos más apropiados, recordando los que habían surtido efecto en sus familias. Después buscaban á ciertas viejas acreditadas por sus remedios, que gozaban mayor respeto que el pobre médico del Palmar. Llegaban unas con cataplasmas de hierbas guardadas misteriosamente en sus barracas; presentábanse otras con un puchero de agua caliente, queriendo que el enfermo se lo tragase de golpe. La opinión de todas era unánime. El infeliz tenía parada la comida en la boca del estómago y había que hacer que arrancase... ¡Señor, qué lástima de hombre! Su padre muerto de una borrachera y él estirando la pata de un atracón. ¡Qué familia!

Nada revelaba á Sangonera la gravedad de su estado como esta solicitud de las mujeres. Se miraba en la conmiseración general como en un espejo y adivinaba el peligro al verse atendido por las mismas que el día anterior se burlaban de él, riñendo á los maridos y á los hijos cuando los encontraban en su compañía.

¡Pobret! ¡Pobret!—murmuraban todas.

Y con esa valentía de que sólo es capaz la mujer ante la desgracia, le rodeaban, saltando sobre los residuos hediondos que salían á borbotones de su boca. Ellas sabían lo que era aquello: tenía un nudo en las tripas; y con caricias maternales le decidían á que abriese sus mandíbulas, apretadas por la crispación, haciéndole tragar toda clase de líquidos milagrosos, que al poco rato devolvía á los pies de las enfermeras.

Al cerrar la noche lo abandonaron. Habían de guisar la cena en sus casas, y el enfermo quedó solo en el fondo de la choza, inmóvil bajo la luz rojiza de un candil que las mujeres colgaron de una grieta. Los perros del pueblo asomaban á la puerta sus hocicos y consideraban largamente con sus ojos profundos al enfermo, alejándose después con lúgubre aullido.