Durante la noche fueron los hombres los que visitaron la barraca. En la taberna de Cañamèl se hablaba del suceso, y los barqueros, asombrados de la hazaña de Sangonera, querían verle por última vez.

Se asomaban á la puerta con paso vacilante, pues los más de ellos estaban ebrios después de haber comido con los cazadores.

Sangonera... ¡Fill meu! ¿Cóm estás?

Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de inmundicias en que se revolvía el enfermo. Algunos, más animosos, llegaban hasta él para bromear con brutal ironía, invitándolo á beber la última copa en casa de Cañamèl; pero el enfermo sólo contestaba con un ligero mugido y cerraba los ojos, sumiéndose de nuevo en su sopor, cortado por vómitos y estremecimientos. Á media noche el vagabundo quedó abandonado.

Tonet no quiso ver á su antiguo compañero. Había vuelto á la taberna, después de un largo sueño en la barca; sueño profundo, embrutecedor, rasgado á trechos por rojas pesadillas y arrullado por las descargas de los cazadores, que rodaban en su cerebro como truenos interminables.

Al entrar se sorprendió viendo á Neleta sentada ante los toneles, con una palidez de cera, pero sin la menor inquietud en sus ojos, como si hubiese pasado la noche tranquilamente. Tonet se asombraba ante la fuerza de ánimo de su amante.

Cambiaron una mirada profunda de inteligencia, como miserables que se sienten unidos con nueva fuerza por la complicidad.

Después de larga pausa, ella se atrevió á preguntarle. Quería saber cómo había cumplido su encargo. Y él contestó, con la cabeza inclinada y los ojos bajos, cual si todo el pueblo le contemplase... Sí; lo había dejado en lugar seguro. Nadie podría descubrirlo.

Tras estas palabras, cambiadas con rapidez, los dos quedaron silenciosos, pensativos: ella tras el mostrador, él sentado en la puerta, de espaldas á Neleta, evitando verla. Parecían anonadados, como si gravitase sobre ellos un peso inmenso. Temían hablarse, pues el eco de su voz parecía avivar los recuerdos de la noche anterior.

Habían salido de la situación difícil: ya no corrían ningún peligro. La animosa Neleta se asombraba de la facilidad con que todo se había resuelto. Débil y enferma, encontraba ánimos para permanecer en su sitio; nadie podía sospechar lo ocurrido durante la noche, y sin embargo, los amantes se sentían súbitamente alejados. Algo se había roto para siempre entre los dos. El vacío que dejaba al desaparecer aquel pequeñuelo apenas visto se agrandaba inmensamente, aislando á los dos miserables. Pensaban que en adelante no tendrían más aproximación que la mirada que cruzasen recordando su antiguo crimen. Y en Tonet aún era más grande la inquietud al recordar que ella desconocía la verdadera suerte del pequeño.