No prestaba atención á Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier rincón, y allí permanecía como muerto, mientras la Centella, con el dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.
Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la embriaguez comenzaba á desvanecerse, sentía una inquietud penosa. Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del terror. Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.
Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento, todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos muchos años desde aquella noche pasada en el lago; la última de su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que atravesaba á tientas, con el cerebro obscurecido por el alcohol. El recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre de la embriaguez. Solamente borracho podía tolerar este recuerdo, viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación duele menos perdida en las brumas del pasado.
Su abuelo vino á sorprenderle en este embrutecimiento. El tío Paloma aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su palabra? Neleta le instó á que aceptase. Estaba enfermo, le convenía distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El Cubano se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su entusiasmo de cazador volvió á renacer. ¿Iba á vivir siempre lejos del lago?
Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnífica escopeta del difunto Cañamèl; y ocupado en esto bebió menos. La Centella saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.
Á la mañana siguiente se presentó el tío Paloma, trayendo en el barquito á don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.
El viejo estaba impaciente y daba prisa á su nieto. Sólo quería detenerse el tiempo preciso para que el señor tomase un bocado, y en seguida á los carrizales. Había que aprovechar la mañana.
Al poco rato partieron: Tonet delante, llevando la Centella en su barquito como un mascarón de proa, y á continuación la barca del tío Paloma, donde don Joaquín examinaba con asombro la escopeta del viejo, aquella arma famosa llena de remiendos, de la que tantas proezas se contaban en el lago.
Los dos barquitos salieron á la Albufera. Tonet, viendo que su abuelo perchaba hacia la izquierda, quiso saber dónde iban. El viejo se asombró de la pregunta. Iban al Bolodró, la mata más grande de las inmediatas al pueblo. Allí abundaban más que en otros puntos los gallos de cañar y las pollas de agua. Tonet quería ir lejos; á las matas del centro del lago. Y entre los dos barqueros comenzó una empeñada discusión. Pero el viejo acabó por imponerse, y Tonet tuvo que seguirle de mala voluntad, moviendo sus hombros como resignado.
Los dos barquitos entraron en un callejón de agua entre los altos carrizos. La anea crecía á manojos entre los senills; las cañas se confundían con los juncos, y las plantas trepadoras, con sus campanillas blancas y azules, se enredaban en esta selva acuática formando guirnaldas. La confusa maraña de raíces daba una apariencia de solidez á los macizos de cañas. En el callejón, el agua mostraba en su fondo extrañas vegetaciones que subían hasta la superficie, no sabiéndose en ciertos momentos si navegaban los barquitos ó se arrastraban sobre campos verdosos cubiertos por un débil cristal.