El silencio de la mañana era profundo en este rincón de la Albufera, que aún parecía más salvaje á la luz del sol: de vez en cuando un chillido de pájaro en la espesura; un ruido de burbujas en el agua, delatando la presencia de bichos ocultos entre las viscosidades del fondo.
Don Joaquín preparaba la escopeta, esperando que pasasen los pájaros de un lado á otro del espeso carrizal.
—Tonet, dona una vòlta—ordenó el viejo.
Y el Cubano salió con su barquito á toda percha para rodar en torno de la mata, sacudiendo las cañas á fin de que, asustados los pájaros, se trasladasen de una punta á otra del carrizal.
Tardó más de diez minutos en dar la vuelta al cañar. Cuando volvió al lado de su abuelo ya disparaba don Joaquín contra los pájaros que, inquietos y asustados, cambiaban de guarida, pasando por el espacio descubierto.
Asomábanse las pollas á aquel callejón desprovisto de cañas, que dejaba su paso al descubierto. Dudaban un momento en arriesgarse, pero por fin, unas volando y las otras á nado, pasaban la vía de agua, y en el mismo momento alcanzábalas el disparo del cazador.
En este espacio angosto el tiro era seguro, y don Joaquín gozaba las satisfacciones de un gran tirador, viendo la facilidad con que abatía las piezas. La Centella se arrojaba del barquito, alcanzaba á nado los pájaros, todavía vivos, y los traía con expresión triunfante hasta las manos del cazador. La escopeta del tío Paloma no estaba inactiva. El viejo tenía empeño en halagar al parroquiano, adulándole á tiros, como era su costumbre. Cuando veía un pájaro próximo á escapar, disparaba, haciendo creer al burgués que era él quien lo había derribado.
Pasó á nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don Joaquín y el tío Paloma, desapareció en el carrizal.
—¡Va ferida!—gritó el viejo barquero.
El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las cañas, sin que pudiesen recogerla...