Le espantaba su delito. Su conciencia de padre arañábale al despertar, pero aún sufría de una herida mayor y más sangrienta. La soberbia viril, aquel afán de ser fuerte y dominar á los hombres por el arrojo, le hacía sufrir el tormento más cruel. Veía en lontananza el castigo, el presidio, ¡quién sabe si el carafalet, última apoteosis del hombre-bestia! Todo lo aceptaba, pues al fin, para los hombres se había hecho; pero por algo digno de un ser fuerte, por reñir, por matar cara á cara, tinto en sangre hasta los codos, con la locura salvaje del ser humano que se trueca en fiera... ¡Pero matar á un recién nacido sin otra defensa que su llanto! ¡Confesar ante el mundo que él, el valentón, el antiguo guerrillero, para caer en el crimen sólo había osado asesinar á un hijo suyo!
Y lloraba, lloraba sintiendo, más que los remordimientos, la vergüenza de su cobardía y el despecho por su vileza.
En las tinieblas de su pensamiento brillaba como un punto de luz cierta confianza en sí mismo. Él no era malo. Tenía la buena sangre de su padre. Su delito era el egoísmo; la voluntad débil, que le había hecho apartarse de la lucha por la vida. La perversa era Neleta, aquella fuerza superior que le encadenaba, aquel egoísmo férreo que arrollaba el suyo, plegándolo á todos sus contornos como una vestidura dúctil. ¡Ay, si no la hubiese conocido! ¡Si al volver de tierras lejanas no hubiera encontrado fijos en él los ojos glaucos que parecían decirle: «Tómame; ya soy rica; he realizado la ilusión de mi vida; ahora me faltas tú»!
Ella había sido la tentación; el impulso que le arrojó en la sombra; el egoísmo y la codicia con careta del amor que le guiaron hasta el crimen. Por conservar migajas de su fortuna, no vacilaba ella en abandonar un trozo de sus entrañas; y él, esclavo inconsciente, completaba la obra aniquilando su propia carne.
¡Cuán miserable le parecía su existencia! Pasaba confusamente por su memoria la vieja tradición de la Sancha, aquel cuento de la serpiente que repetían las generaciones en las riberas del lago. Él era como el pastor de la leyenda: había acariciado de pequeña á la serpiente, la había alimentado, prestándola hasta el calor de su cuerpo; y al volver de la guerra asombrábase viéndola grande, poderosa, embellecida por el tiempo, mientras ella se le enroscaba con un abrazo fatal, causándole la muerte con sus caricias.
Su serpiente estaba en el pueblo, como la del pastor en el llano salvaje. Aquella Sancha del Palmar, desde su asiento de la taberna, era la que le mataba con los anillos inflexibles del crimen.
No quería volver al mundo. Imposible vivir entre gentes: no podría mirarlas: vería en todas partes la cabecita deforme, hinchada, monstruosa, con sus cuencas profundas devoradas por los gusarapos. Sólo al pensar en Neleta un velo de sangre pasaba por sus ojos, y en medio de su arrepentimiento alzábase el deseo homicida, el impulso de matar á la que consideraba ahora como su enemiga implacable... ¿Para qué un nuevo crimen?
Allí, en la soledad, lejos de toda mirada, se sentía mejor, y allí quería quedarse.
Además, un miedo absorbente surgía en él con toda la fuerza del egoísmo, única pasión de su vida. Tal vez á aquellas horas circulaba por el Palmar la noticia del horrible suceso. Su abuelo callaría, pero aquel extraño venido de la ciudad no tenía por qué guardar silencio. Buscarían, averiguarían, vendrían los tricornios charolados desde la huerta de Ruzafa; él no tendría valor para sostener las miradas, no sabría mentir; confesaría el crimen, y su padre, aquel trabajador puro ante Dios, moriría de vergüenza... Y si lograba encerrarse en su mentira salvando la cabeza, ¿qué ganaba en ello? ¿había de volver á los brazos de Neleta, á verse oprimido otra vez por los anillos del reptil?... No; todo había acabado. Era la mala rama, y debía caer; no obstinarse en seguir, muerto y sin jugo, agarrado al árbol, paralizando su vida.
Ya no lloraba. Con un supremo esfuerzo de su voluntad salió del doloroso ensimismamiento.