Caída en la proa de la barca estaba la escopeta de Cañamèl. Tonet la miró con expresión irónica. ¡Bien reiría el tabernero si le viese! Por primera vez, el parásito engordado á su sombra iba á emplear para una acción buena algo de lo que le había usurpado.

Con tranquilidad de autómata se descalzó un pie, arrojando lejos la alpargata. Montó las dos llaves de la escopeta, y desabrochándose la blusa y la camisa, se inclinó sobre el arma hasta apoyar en el doble cañón su pecho desnudo.

El pie descalzo subió dulcemente á lo largo de la culata buscando los gatillos, y una doble detonación conmovió con tanta fuerza el carrizal, que de todos lados salieron revoloteando las aves, locas de miedo.

El tío Paloma no volvió al Palmar hasta la caída de la tarde.

Había dejado en el Saler á su cazador, que deseaba cuanto antes salir del lago y llegar á la ciudad, jurando no volver á aquellos sitios. ¡En dos viajes dos desgracias! La Albufera sólo guardaba para él sorpresas terribles. La última le iba á costar una enfermedad. El tranquilo ciudadano, padre de numerosa prole, no podía apartar de su memoria el lúgubre envoltorio que había pasado ante sus ojos. Seguramente que al llegar á su casa tendría que meterse en cama pretextando cualquier dolencia. La sorpresa le había conmovido profundamente.

El mismo cazador aconsejaba al tío Paloma una reserva absoluta. ¡Que no se le escapase una palabra! Nada habían visto. Debía recomendar el silencio á su pobre nieto, fugitivo, sin duda, por la impresión de la terrible sorpresa. El lago había vuelto á tragarse el secreto, y sería una candidez que ellos hablasen, sabiendo cómo marea la justicia á los inocentes cuando cometen la tontería de ir en su busca. Los hombres honrados deben evitar todo contacto con la ley... Y el pobre señor, después de desembarcar en tierra firme, no se metió en su tartana hasta que el barquero, cada vez más pensativo, le juró varias veces que sería mudo.

Cuando, al anochecer, llegó el tío Paloma al Palmar, amarró frente á la taberna los dos barquitos en que habían salido por la mañana.

Neleta, derecha tras el mostrador, buscó en vano á Tonet con su mirada.

El viejo adivinó.

No’l esperes—dijo con voz fosca—. No tornará més.