Y con acento reconcentrado le preguntó si se sentía mejor, hablando de la palidez de su rostro con una intención que hizo estremecerse á Neleta.

La tabernera adivinó inmediatamente que el tío Paloma conocía su secreto.

Pero ¿y Tonet?—volvió á preguntar con voz angustiosa.

El viejo hablaba volviendo los ojos, como si deseara no verla, para conservar su forzada calma. Tonet no volvería más. Había huído lejos, muy lejos: á un país de donde nunca se vuelve. Era lo mejor que podía haber hecho... Así todo quedaba arreglado y en el misterio.

¿Pero vosté?... ¿vosté?...—gimió Neleta con angustia, temiendo que el viejo hablase.

El tío Paloma callaría. Lo afirmó golpeándose el pecho. Despreciaba á su nieto, pero tenía interés en que nada se supiera. El nombre de los Palomas, después de siglos de honrado prestigio, no estaba para ser arrastrado por un perezoso y una perra.

¡Plòra, gosa, plòra!—decía el barquero con irritación.

Debía llorar toda su vida, ya que era la perdición de una familia. ¡Que conservase su dinero! No sería él quien viniera á pedírselo á cambio del silencio... Y si quería saber dónde estaba su amante, dónde su hijo, no tenía más que mirar al lago. La Albufera, madre de todos, guardaría el secreto con tanta fidelidad como él.

Neleta quedó aterrada por esta revelación; pero aun en medio de su inmensa sorpresa miraba con inquietud al viejo, temiendo por su porvenir al verlo confiado al mutismo del tío Paloma.

El viejo se golpeó una vez más el pecho. ¡Que viviese feliz y gozase su riqueza! Él callaría siempre.