La noche fué lúgubre en la barraca de los Palomas. Á la luz moribunda del candil, el abuelo y el padre, sentados frente á frente, hablaron mucho tiempo, con su gravedad de seres distanciados por el carácter, que sólo podían aproximarse á impulsos de la desgracia.
El tío Paloma no usó de paliativos para dar la noticia. Había visto al chico muerto, con el pecho destrozado por dos cargas de perdigones, hundido en el barro de la mata con los pies fuera del agua, junto al barquito abandonado. El tío Tòni apenas pestañeó. Sólo sus labios se apretaron convulsivamente, y con las manos crispadas se arañó las rodillas.
Un lamento prolongado, estridente, salió del ángulo obscuro de la barraca donde estaba la cocina, como si en esta lobreguez degollasen á alguien. Era la Borda que gemía, aterrada por la noticia.
—¡Silènsi, chiqueta!—gritó imperiosamente el viejo.
—¡Calla, calla!—dijo el padre.
Y la infeliz sollozó sordamente, oprimida en su dolor por la firmeza de aquellos dos hombres de férrea voluntad, que, al ser mordidos por la desgracia, permanecían con exterior impasible, sin la más leve emoción en los ojos.
El tío Paloma relataba lo ocurrido á grandes rasgos; la aparición de la perra con su horrible presa, la fuga de Tonet: después, á la vuelta del Saler, su minuciosa exploración por la mata, presintiendo una desgracia, y su hallazgo del cadáver. Él lo adivinaba todo. Recordaba la desaparición de Tonet la víspera de la tirada; la palidez y el desfallecimiento de Neleta; su aspecto de enferma después de aquella noche, y con su astucia de viejo reconstruía el parto doloroso en el silencio nocturno, con el terror á ser oída por los vecinos, y después el infanticidio, un crimen que le hacía despreciar á Tonet, más por cobarde que por criminal.
El viejo, después de soltar su secreto, se sentía aliviado. Á su tristeza sucedía la indignación. ¡Miserables! Aquella Neleta resultaba una perra ardorosa que había perdido al muchacho, empujándolo al crimen por conservar su dinero; pero Tonet era cobarde dos veces, y más que por su delito, renegaba de él viendo que se mataba, loco de miedo, ante las consecuencias. El señor se disparaba dos tiros antes que dar la cara: encontraba más cómodo desaparecer que pagar su falta, sufriendo el castigo. Siempre huyendo de la obligación, buscando las sendas fáciles por miedo á la lucha. ¡Qué tiempos, Cristo! ¿Qué juventud era aquella?...
Su hijo apenas le escuchaba. Seguía inmóvil, anonadado por la desgracia, y doblaba la cabeza, como si las palabras de su padre fuesen un golpe que le abatía para siempre.
La Borda volvió á gemir.