¡Silènsi! ¡he dit silènsi!—dijo con voz fosca el tío Tòni.

Á su pena inmensa, reconcentrada y muda, le molestaba que otros se aliviasen con el llanto, mientras él, por su dureza de varón fuerte, no podía desahogar el dolor en lágrimas.

El tío Tòni habló por fin. Su voz no temblaba, pero velábase con la débil ronquera de la emoción.

La muerte vergonzosa de aquel desdichado era un final digno de su conducta. Se lo había predicho: acabaría mal. Cuando se nace pobre, la pereza es el crimen. Así lo ha arreglado Dios, y hay que conformarse... Pero ¡ay! era su hijo... ¡su hijo! ¡la carne de su carne! Su férrea rectitud de hombre honrado mostrábase insensible ante la catástrofe; pero allá, dentro del pecho, sentía cierta opresión, como si le hubieran arrancado parte de sus entrañas y estuviesen á aquellas horas sirviendo de pasto á las anguilas de la Albufera.

Quería verlo por última vez; ¿le entendía su padre?... Quería tenerle en sus brazos, como de pequeño, cuando lo adormecía cantándole que el pare trabajaba para hacerle labrador rico, dueño de muchos campos.

¡Pare... pare!—decía con voz angustiosa al tío Paloma—. ¿Ahón está?

El viejo contestó indignado. Debían dejar las cosas como las había arreglado la casualidad. Era una locura torcer su curso. Nada de escándalos ni de levantar la punta del misterio. Así estaba bien: oculto todo.

La gente, al no ver á Tonet, creería que había huído en busca de aventuras y de vida regalada, como al marchar á América. El lago conservaba bien sus secretos: transcurrían años antes que una persona pasase por el sitio donde estaba el suicida. La vegetación de la Albufera lo tapa todo. Además, si hablaban, si publicaban la muerte, todos querrían saber más, intervendría la justicia, se averiguaría la verdad, y en vez de un Paloma desaparecido, cuya vergüenza sólo conocían ellos, tendrían un Paloma deshonrado que se daba muerte por huir del presidio y tal vez del carafalet. No, Tono; lo decía él con su autoridad de padre. Por unos cuantos meses de existencia que le quedaban debía respetarle, no amargar sus últimos días con la deshonra. Quería beber tranquilo con los demás barqueros, pudiendo mirarlos cara á cara. Todo estaba bien: á callar, pues... Además, si descubrían el cadáver no lo enterrarían en sagrado. Su crimen y su suicidio le privaban de la misma sábana de tierra que los demás. Mejor estaba en el agua, hundido en el barro, rodeado de cañas, como último vástago maldito de una famosa dinastía de pescadores.

Excitado por los lloros de la Borda, el viejo la amenazaba. Debía callar. ¿Es que quería perderlos?

La noche fué interminable, de un silencio trágico. El lóbrego ambiente de la barraca parecía aún más denso, como si sobre él proyectasen su sombra las alas negras de la desgracia.