Á la mañana siguiente les despertó el sol, quemando sus caras, y el ladrido de un perro de los guardas que les ponía los colmillos junto á los ojos.
Estaban casi en el límite de la Dehesa, y el camino fué corto para llegar al Palmar.
La madre de Tonet, siempre bondadosa y triste, para indemnizarse de una noche de angustia, corrió percha en mano á su hijo, alcanzándole con algunos golpes á pesar de su ligereza. Además, por vía de adelanto, mientras venía la madre de Neleta en el carro de las anguilas, propinó á ésta varios mojicones para que otra vez no se perdiera en el bosque.
Después de esta aventura, todo el pueblo, con acuerdo tácito, llamó novios á Tonet y Neleta, y ellos, como ligados para siempre por la noche de inocente contacto pasada en la selva, se buscaron y se amaron sin decírselo con palabras, como si quedase sobrentendido que sólo podían ser uno del otro.
Esta aventura fué el término de su niñez. Se acabaron las correrías, la existencia alegre y descuidada, sin ninguna obligación. Neleta hizo la misma vida que su madre: salía para Valencia todas las noches con las cestas de anguilas, y no volvía hasta la tarde siguiente. Tonet, que sólo podía verla un momento al anochecer, trabajaba en las tierras de su padre ó iba á pescar con éste y el abuelo.
El tío Tòni, antes bondadoso, era ahora exigente, como el tío Paloma, al ver crecido á su hijo, y Tonet, como bestia resignada, iba arrastrado al trabajo. Su padre, aquel héroe tenaz de la tierra, era inquebrantable en sus resoluciones. Cuando llegaba la época de plantar el arroz ó de la recolección, el muchacho pasaba el día en las tierras del Saler. El resto del año pescaba en el lago, unas veces con su padre y otras con el abuelo, que le admitía de camarada en su barca, pero jurando á cada momento contra la perra suerte que hacía nacer tales vagos en su familia.
Además, el muchacho veíase impulsado al trabajo por el hastío. En el pueblo no quedaba nadie con quien entretenerse durante el día. Neleta estaba en Valencia, y sus antiguos compañeros de juegos, crecidos ya como él y con la obligación de ganarse el pan, iban en las barcas de sus padres. Quedaba Sangonera; pero este tuno, después de la aventura de la Dehesa, se alejaba de Tonet, recordando la paliza con que había agradecido el abandono de aquella noche.
El vagabundo, como si este suceso decidiese su porvenir, se había refugiado en la casa del cura, sirviéndole de criado, durmiendo como un perro detrás de la puerta, sin acordarse de su padre, que sólo aparecía de tarde en tarde en aquella barraca abandonada, por cuya techumbre caía la lluvia como en campo raso.
El viejo Sangonera tenía ahora una industria: cuando no estaba borracho se dedicaba á cazar las nutrias del lago, que, perseguidas encarnizadamente á través de los siglos, no llegaban á una docena.
Una tarde que digería su vino en un ribazo vió ciertos remolinos y hervir el agua en grandes burbujas. Alguien buceaba en el fondo, entre las redes que cerraban el canal, buscando los mornells cargados de pesca. Metido en el agua, con una percha que le prestaron, persiguió á palos á un animal negruzco que corría por el fondo, hasta que consiguió matarlo, apoderándose de él.