Era la famosa lludria, de la que se hablaba en el Palmar como de un animal fantástico; la nutria que en otros tiempos pululaba en tal cantidad en el lago, que imposibilitaba la pesca, rompiendo las redes.
El viejo vagabundo se consideró el primer hombre de la Albufera. La Comunidad de Pescadores del Palmar, según antiguas leyes consignadas en los librotes que guardaba su jefe el Jurado, venía obligada á dar un duro por cada nutria que le presentasen. El viejo tomó su premio, pero no se detuvo aquí. Aquel animal era un tesoro; y se dedicó á enseñarlo en el puerto de Catarroja, en el de Silla, llegando hasta Sueca y Cullera en su viaje triunfal alrededor del lago.
De todas partes le llamaban. No había taberna donde no le recibiesen con los brazos abiertos. ¡Adelante, tío Sangonera! ¡Á ver el animalucho que había cazado! Y el vagabundo, después de hacerse obsequiar con varios vasos sacaba amorosamente de bajo de la manta la pobre bestia, blanducha y hedionda, haciendo admirar su piel y permitiendo que la pasasen la mano por encima—pero con gran cuidado, ¿eh?—para apreciar la finura de su pelo.
Jamás el pequeño Sangonereta, al venir al mundo, fué llevado en los brazos de su padre con tan cariñosa suavidad como aquel animalejo. Pero pasaron los días, la gente se cansó de la lludria, nadie daba por ella ni una mala copa de aguardiente y no hubo taberna de la que no despidieran á Sangonera como un apestado, por el hedor insufrible de aquella bestia corrompida que llevaba á todas partes bajo la manta. Antes de abandonarla aún sacó de ella nuevo producto, vendiéndola en Valencia á un disecador de animales, y desde entonces declaró á todo el mundo su vocación: sería cazador de nutrias.
Se dedicó á buscar otra, como quien persigue la dicha. El premio de la Comunidad de Pescadores y la semana de borrachera continua y gratuita, con el gaznate á trato de rey, no se apartaban de su memoria. Pero la segunda nutria no quería dejarse coger. Alguna vez creyó verla en las más apartadas acequias del lago, pero se ocultaba inmediatamente, como si todas las de la familia se hubieran pasado aviso de la nueva profesión de Sangonera. Su desesperación le hacía emborracharse á crédito de las nutrias que había de cazar, y ya llevaba bebidas más de dos, cuando una noche lo encontraron unos pescadores ahogado en un canal. Había resbalado en el fango, é incapaz de levantarse, por su embriaguez, quedó en el agua acechando para siempre su nutria.
La muerte del padre de Sangonera hizo que éste se refugiase para siempre en la casa del vicario, no volviendo más á su barraca. Se sucedían los curas en el Palmar, pueblo de castigo, donde sólo iban los desesperados ó los que estaban en desgracia, saliendo de esta miseria tan pronto como podían. Todos los vicarios, al tomar posesión de la pobre iglesia, se encargaban igualmente de Sangonera, como de un objeto indispensable para el culto. En el pueblo, sólo él sabía ayudar una misa. Conservaba en su memoria todas las prendas guardadas en la sacristía, con el número de desgarrones, remiendos y agujeros de polilla, y solícito en todo y deseoso de agradar, no formulaba su amo una orden que no estuviera cumplida al momento.
La consideración de que él era el único en el pueblo que no trabajaba percha en mano ni pasaba las noches en medio de la Albufera, causábale cierto orgullo, haciendo que mirase con altanería á los demás.
Los domingos, al amanecer, él era quien abría la marcha con la cruz en alto al frente del rosario de la Aurora. Hombres, mujeres y niños, en dos largas filas, iban cantando con paso lento por la única calle del pueblo, esparciéndose después por los ribazos y las barracas aisladas para que la ceremonia fuese de más duración. En la penumbra del amanecer brillaban los canales como láminas de sombrío acero, coloreábanse de rojo las nubecillas por la parte del mar, y los gorriones moriscos volaban en bandadas, surgiendo de las techumbres de los viveros, contestando con sus piídos alegres de vagabundos satisfechos de la vida y la libertad al canto triste y melancólico de los fieles.
«¡Despierta, cristiano!...» cantaba el rosario á lo largo del pueblo; y lo gracioso de la llamada era que todo el vecindario iba en la procesión, y en las casas, vacías, sólo despertaban los perros con sus ladridos y los gallos, que rasgaban la triste melopea con su canto sonoro como un trompetazo saludando la nueva luz y la alegría de un día más.
Tonet, al marchar en el rosario, miraba rabiosamente á su antiguo camarada, al frente de todos como un general, enarbolando la cruz á guisa de bandera. ¡Ah, ladrón! ¡Aquél había sabido arreglarse la vida á su gusto!