Él, mientras tanto, vivía sometido á su padre, cada vez más grave y poco comunicativo: bueno en el fondo, pero llegando hasta la crueldad con los suyos en la tenaz pasión por el trabajo. Los tiempos eran malos. Las tierras del Saler no daban dos buenas cosechas seguidas, y la usura, á la que acudía el tío Tòni como auxiliar de sus empresas, devoraba la mayor parte de sus esfuerzos. En la pesca, los Palomas tenían siempre mala suerte, llevándose los peores sitios del lago en los sorteos de la Comunidad. Además, la madre se consumía lentamente; agonizaba, cual si la vida se derritiese dentro de ella como un cirio, escapándose por la herida de sus trastornadas entrañas, sin otra luz que el brillo enfermizo de los ojos.
La existencia era triste para Tonet. Ya no conmovía con sus diabluras el Palmar; ya no le besaban las vecinas, declarándole el chico más guapo del pueblo; ya no era el preferido entre sus compañeros, el día del sorteo de los redolíns, para meter la mano en la bolsa de cuero de la Comunidad y sacar las suertes. Ahora era un hombre. En vez de hacer pesar en casa su voluntad de niño mimado, le mandaban á él; era tan poca cosa como la Borda, y á la menor rebelión alzábase amenazante la pesada mano del tío Tòni, mientras el abuelo aprobaba con chillona risa, afirmando que así se cría derecha á la gente.
Cuando murió la madre pareció renacer el antiguo afecto entre el abuelo y su hijo. El tío Paloma lamentó la ausencia de aquel ser dócil que sufría en silencio todas sus manías; sintió crearse el vacío en torno de él y se agarró al hijo, poco obediente á su voluntad, pero que jamás osaba contradecirle en su presencia.
Pescaron juntos, lo mismo que en otros tiempos; iban algún rato á la taberna como camaradas, mientras en la barraca la pobre Borda atendía á los quehaceres del hogar con la precocidad de las criaturas desgraciadas.
Neleta era también como de la familia. Su madre ya no podía ir al mercado de Valencia. La humedad de la Albufera parecía habérsele filtrado hasta la médula de los huesos, paralizando su cuerpo, y la pobre mujer permanecía inmóvil en su barraca, gimiendo á impulso de los dolores de reumática, gritando como una condenada y sin poder ganarse el sustento. Las compañeras del mercado la daban como limosna algo de sus cestas, y la pequeña, cuando sentía hambre en su barraca, corría á la de Tonet, ayudando á la Borda en sus tareas con una autoridad de niña mayor. El tío Tòni la acogía bien. Su generosidad de luchador en continuo combate con la miseria le hacía ayudar á todos los caídos.
Neleta se criaba en la barraca de su novio. Iba á ella en busca del sustento, y sus relaciones con Tonet tomaban un carácter más fraternal que amoroso.
El muchacho no se cuidaba mucho de su novia. Estaba seguro de ella. ¿Á quién podía querer? ¿Tenía derecho á fijarse en otro, después que todo el pueblo los había reconocido como novios? Y tranquilo por la posesión de Neleta, que crecía en la miseria como una flor rara, contrastando su hermosura con la pobreza física de las otras hijas del Palmar, no la atendía gran cosa, y la trataba con la misma confianza que si ya fuesen esposos. Transcurrían á veces semanas enteras sin que él la hablase.
Otras aficiones atraían á aquel hombrecito, que pasaba por ser el mozo más bien plantado del Palmar. Enorgullecíale el prestigio de valiente que había adquirido entre sus antiguos compañeros de juegos, hombres ahora como él. Se había peleado con unos cuantos, saliendo siempre vencedor. Percha en mano había descalabrado á algunos, y una tarde corrió por los ribazos, con la fitora de pescar, á un barquero de Catarroja que gozaba fama de temible. El padre torcía el gesto al conocer estas aventuras, pero el abuelo reía, reconciliándose momentáneamente con su nieto. Lo que más alababa el tío Paloma era que el muchacho, en cierta ocasión, hubiera hecho frente á los guardas de la Dehesa, llevándose por la brava un conejo que acababa de matar. No era trabajador, pero tenía su sangre.
Aquel mocito, que aún no había cumplido los diez y ocho años y del que se hablaba mucho en el pueblo, tenía su escenario favorito, adonde corría apenas dejaba atracada en el canal la barca del padre ó la del abuelo.
Era la taberna de Cañamèl, un establecimiento nuevo del que se hacían lenguas en toda la Albufera. No estaba, como las otras tabernillas, instalada en una barraca de techo bajo y ahumado, sin más respiradero que la puerta. Tenía casa propia, un edificio que entre las barracas de paja parecía portentoso, con paredes de mampostería pintadas de azul, techo de tejas y dos puertas, una á la única calle del pueblo y otra al canal. El espacio entre las dos puertas estaba siempre lleno de cultivadores de arroz y de pescadores, gente que bebía de pie frente al mostrador, contemplando como hipnotizada las dos filas de rojos toneles, ó se sentaba en los taburetes de cuerda, ante las mesillas de pino, siguiendo interminables partidas de brisca y de truque.