El lujo de esta taberna enorgullecía á los parroquianos. Las paredes estaban chapadas de azulejos de Manises hasta la altura de las cabezas. Encima extendíanse por las paredes paisajes fantásticos, verdes ó azules, con caballos como ratas y árboles más pequeños que los hombres, y de las vigas pendían ristras de morcillas, alpargatas de esparto y manojos de cuerdas amarillas y punzantes, que se empleaban como jarcias en las grandes barcas del lago.

Todos admiraban á Cañamèl. ¡El dinero que tenía aquel gordo!... Había sido guardia civil en Cuba y carabinero en España; después vivió muchos años en Argelia: conocía algo de todos los oficios y sabía tanto, ¡tanto! que, según expresión del tío Paloma, se enteraba durante su sueño del lugar donde se acostaba cada peseta, y al día siguiente corría á cogerla.

En el Palmar nunca se había bebido vino como el suyo. Todo era de lo mejor en aquella casa. El amo recibía bien á los parroquianos y arañaba en los precios de un modo razonable.

Cañamèl no era del Palmar, ni siquiera valenciano. Era de muy lejos, de allá donde hablan en castellano. En su juventud había estado en la Albufera de carabinero, casándose con una muchacha del Palmar, pobre y fea. Después de una vida accidentada, al reunir algunos cuartos, había venido á establecerse en el pueblo de su mujer, cediendo á los deseos de ésta. La pobre estaba enferma y revelaba poca vida: parecía gastada por aquellos viajes que la hacían soñar con su tranquilo rincón del lago.

Los demás taberneros del pueblo vociferaban contra Cañamèl al ver cómo se apoderaba de los parroquianos. ¡Ah, grandísimo tunante! ¡Por algo daba tan barato el vino bueno! Lo que menos le interesaba era la taberna: en otra parte estaba su negocio, y por algo había venido de tan lejos á establecerse allí. Pero Cañamèl, al enterarse de tales palabras, sonreía bondadosamente. ¡Al fin todos habían de vivir!

Los más íntimos de Cañamèl sabían que no eran infundadas estas murmuraciones. La taberna le importaba poco. Su principal negocio era por la noche, después de cerrarla: por algo había sido carabinero y recorrido las playas. Todos los meses caían fardos en la costa, rodando en la arena á impulsos de un enjambre de bultos negros que los levantaban en alto, llevándolos á través de la Dehesa hasta las orillas del lago. Allí, las barcas grandes, los laúdes de la Albufera, que podían cargar hasta cien sacos de arroz, se abarrotaban con los fardos de tabaco, emprendiendo lentamente la marcha en la obscuridad hacia tierra firme... Y al día siguiente, ni visto ni oído.

Escogía la tropa para estas expediciones entre los más audaces que concurrían á su taberna. Tonet, á pesar de sus pocos años, fué agraciado dos ó tres veces con la confianza de Cañamèl, por ser muchacho valiente y reservado. En este trabajo nocturno podía ganarse un hombre de bien dos ó tres duros, que después dejaba otra vez en manos de Cañamèl bebiendo en su taberna. Y todavía los infelices, comentando al día siguiente los azares de una expedición de la que eran ellos los principales protagonistas, se decían admirados: «¡Pero qué agallas tiene ese Cañamèl!... ¡Con qué atrevimiento se expone á que le metan mano!...»

Las cosas marchaban bien. En la playa todos eran ciegos, gracias á la buena maña del tabernero. Sus antiguos amigos de Argel le enviaban con puntualidad los cargamentos, y el negocio rodaba tan suavemente, que Cañamèl, á pesar de que correspondía con extraordinaria generosidad al silencio de los que podían perjudicarle, prosperaba á toda prisa. Al año de estar en el Palmar ya había comprado tierras de arroz y tenía en el piso alto de la taberna su talego de plata para sacar de apuros á los que solicitaban préstamos.

Su respetabilidad crecía rápidamente. Al principio le habían dado el apodo de Cañamèl por el acento suave y dulzón con que se expresaba en un valenciano trabajoso. Después, al verle rico, la gente, sin olvidar el apodo, le llamaba Paco, pues, según declaraba su mujer, así le llamaban en su país, y él se enfurecía sordamente si le apelaban Quico, como á los otros Franciscos del pueblo.

Al morir su mujer, pobre compañera de la época de infortunio, su hermana menor, una pescadora fea, viuda y de carácter dominante, pretendió acampar en la taberna con carácter de dueña, escoltada por todos los de la familia. Halagaban á Cañamèl con los cuidados que inspira un pariente rico, hablándole de lo difícil que era para un hombre solo seguir al frente de la taberna. ¡Allí faltaba una mujer! Pero Cañamèl, que había odiado siempre á la cuñada por su mala lengua y temblaba ante la posibilidad de que aspirase á ocupar el puesto aún caliente de su hermana, la puso en la puerta, desafiando sus protestas escandalosas. Al cuidado del establecimiento le bastaban dos viejas, viudas de pescadores, que guisaban los all y pebres para los aficionados que venían de Valencia, y limpiaban aquel mostrador en el que gastaba sus codos todo el pueblo.