No había más que un inconveniente para comenzar el cultivo, y era que el regalo estaba cubierto de agua y había que rellenar los campos trayendo muchas barcas de tierra, ¡pero muchas!

Había que gastar dinero ó trabajar por cuenta propia. Pero ¡qué demonio! no debían desmayar; así se habían formado todas las tierras de la Albufera. Las ricas posesiones de hoy eran lago cincuenta años antes, y dos hombres sanos, animosos y sin miedo al trabajo pueden realizar grandes milagros. Mejor era esto que pescar en malos sitios ó trabajar tierras ajenas.

Á Tonet le sedujo la novedad de la empresa. Si le hubieran propuesto cultivar los mejores y más antiguos campos inmediatos al Palmar, tal vez habría torcido el gesto; pero le gustaba batallar con el lago, convertir en tierra laborable lo que era agua, hacer surgir cosechas donde coleaban las anguilas entre las hierbas acuáticas. Además, en su ligereza de pensamiento, sólo veía los resultados, sin fijarse en el trabajo. Serían ricos y él podría alquilar las tierras, dándose una vida de holgazán, que era su aspiración.

Padre é hijo se lanzaron á la faena, ayudados por la Borda, siempre animosa para todo lo que diese prosperidad á la casa. Con el abuelo no había que contar. El proyecto le había puesto de igual humor que al dedicarse su hijo por primera vez al cultivo de tierras. ¡Otros que querían achicar la Albufera convirtiendo el agua en campos! ¡Y eran de su familia los que cometían tal atentado! ¡Bandidos!...

Tonet se entregó al trabajo con el ardor momentáneo de los seres de escasa voluntad. Su deseo era llenar de un solo golpe aquel rincón del lago donde su padre buscaba la riqueza. Desde antes del amanecer, Tonet y la Borda iban en dos barquillos á buscar tierra para llevarla después, en un viaje de más de una hora, al gran espacio de agua muerta cuyos límites marcaban los ribazos de barro.

El trabajo era penoso, aplastante, una tarea de hormigas. Sólo el tío Tòni, con su audacia de trabajador infatigable, podía acometerlo sin otro auxilio que su familia y sus brazos.

Iban á los grandes canales que desembocan en la Albufera; á los puertos de Catarroja y el Saler. Con perchas de ancha horquilla arrancaban del fondo grandes pellas de barro, pedazos de turba gelatinosa, que esparcía un hedor insoportable. Dejaban á secar en las orillas estos jirones del seno de las acequias, y cuando el sol los convertía en terrones blancuzcos, cargábanlos en los dos barquitos, que se unían, formando una sola embarcación. Percha que percha, tras una hora de incesante trabajo, llevaban al tancat el montón de tierra tan penosamente reunido, y la charca se lo tragaba sin resultado aparente, como si se disolviera la carga sin dejar rastro. Los pescadores veían pasar todos los días dos ó tres veces á la laboriosa familia, deslizándose como moscas de agua sobre la pulida superficie del lago.

Tonet se cansó pronto de esta tarea de enterrador. La fuerza de su voluntad no llegaba á tanto; pasada la seducción del primer momento, vió la monotonía del trabajo y calculó con terror los meses y aun los años que faltaban para dar cima á la obra. Pensaba en lo que había costado de arrancar cada montón de tierra y temblaba de emoción viendo cómo se enturbiaba el agua al recibir la carga, y después, al aclararse, mostraba el suelo siempre igual, siempre profundo, sin la más pequeña giba, como si toda la tierra se escapase por un agujero oculto.

Comenzó á faltar al trabajo. Pretextaba cierto recrudecimiento de las dolencias adquiridas en la guerra para quedarse en la barraca, y apenas partían su padre y la Borda, corría en busca del fresco rincón en casa de Cañamèl, donde nunca le faltaban compañeros para un truque y el porrón al alcance de la mano. Á lo más, trabajaba dos días por semana.

El tío Paloma, en su odio á los enterradores que descuartizaban el lago, celebraba con risas la pereza del nieto. ¡Ji, ji!... Su hijo era un tonto al confiar en Tonet. Conocía bien al mozo. Había nacido con un hueso atravesado que le impedía agacharse para trabajar. De soldado se le había endurecido, y no había que esperar remedio. Él sabía la medicina única: ¡á palos se rompía aquello!