Pero como en el fondo le alegraba ver á su hijo sufriendo dificultades en la empresa, aceptaba la pereza de Tonet y hasta le sonreía al verlo en casa de Cañamèl.

En el pueblo comenzaban las murmuraciones por la asiduidad con que Tonet visitaba la taberna. Se sentaba siempre ante el mostrador, y Neleta y él se miraban. La tabernera hablaba con Tonet menos que con los otros parroquianos, pero en los ratos de poco despacho, cuando hacía alguna labor sentada ante los toneles, cada vez que levantaba sus ojos, éstos iban instintivamente hacia el joven. Los parroquianos también observaban que el Cubano, al dejar los naipes, buscaba con su mirada á Neleta.

La antigua cuñada de Cañamèl hablaba de esto de puerta en puerta. ¡Se entendían, no había más que verlos! ¡Bueno iban á poner al imbécil tabernero! ¡Entre los dos se comerían toda la fortuna que había amasado la pobre de su hermana! Y cuando los menos crédulos hablaban de la imposibilidad de aproximarse, en una taberna siempre llena de gente, la arpía protestaba. Se entenderían fuera de casa. Neleta era capaz de todo, y él un enemigo del trabajo que había dado fondo en la taberna, seguro de que allí le mantendrían.

Cañamèl, ignorando estas murmuraciones, trataba á Tonet como á su mejor amigo. Jugaba á la baraja con él y reñía á su mujer si no lo convidaba. Nada leía en la mirada de Neleta, en los ojos de extraño resplandor, ligeramente irónicos, con que acogía estas reprimendas mientras ofrecía un vaso á su antiguo novio.

Las murmuraciones que circulaban por el Palmar llegaron hasta el tío Tòni, y una noche, sacando éste á su hijo fuera de la barraca, le habló con la tristeza del hombre fatigado que lucha inútilmente contra la desgracia.

Tonet no quería ayudarle, bien lo veía. Era el perezoso de otros tiempos, nacido para pasar la existencia en la taberna. Ahora era un hombre: había ido á la guerra, y su padre no podía levantar sobre él la mano como en otros tiempos. ¿No quería trabajar?... Bien; él continuaría la obra completamente solo, aunque reventase como un perro, siempre con la esperanza de dejar al morir un pedazo de pan al ingrato que le abandonaba.

Pero lo que no podía ver con calma era que su hijo pasase los días en casa de Cañamèl, frente á su antigua novia. Podía ir si quería á otras tabernas; á todas, menos á aquélla.

Tonet protestó con vehemencia al oir esto. ¡Mentiras, todo mentiras! ¡Calumnias de la Samaruca; aquella bestia maligna, cuñada de Cañamèl, que odiaba á Neleta y no reparaba en murmuraciones! Y Tonet decía esto con la energía de la verdad, afirmando por la memoria de su madre no haber tocado un dedo de Neleta, ni haberle dicho la menor palabra que recordase su antiguo noviazgo.

El tío Tòni sonrió tristemente. Lo creía: no dudaba de sus palabras. Es más: tenía la convicción de que hasta el presente eran calumnias todas las murmuraciones. Pero él conocía la vida. Ahora sólo eran miradas, y mañana, atraídos por el continuo roce, caerían en la deshonra como consecuencia de este juego peligroso. Neleta siempre le había parecido una casquivana, y no sería ella la que diese ejemplo de prudencia.

Después de esto, el animoso trabajador tomó un acento tan sincero, tan bondadoso, que impresionó á Tonet.