Debía pensar que era el hijo de un hombre honrado, con mala fortuna en sus negocios, pero al cual nadie podía reprochar una mala acción en toda la Albufera.

Neleta tenía marido, y el que busca la mujer ajena une la traición al pecado. Además, Cañamèl era amigo suyo; pasaban el día juntos, jugaban y bebían como compañeros, y engañar á un hombre en estas condiciones es una cobardía, digna de pagarse con un tiro en la cabeza.

El tono del padre se hizo solemne.

Neleta era rica, su hijo pobre, y podían creer que la perseguía como un medio para mantenerse sin trabajar. Esto es lo que le irritaba; lo que convertía su tristeza en cólera.

Antes ver muerto á su hijo que avergonzarse ante tal deshonra. ¡Tonet! ¡Hijo!... Había que pensar en la familia, en los Palomas, antiguos como el Palmar: raza de trabajadores tan desgraciados como buenos; acribillados de deudas por la mala suerte, pero incapaces de una traición.

Eran hijos del lago, tranquilos en su miseria, y al emprender el último viaje, cuando los llamase Dios, podrían llegar perchando hasta los pies de su trono, mostrándole al Señor, á falta de otros méritos, las manos cubiertas de callos como las bestias, pero el alma limpia de todo crimen.


IV

El segundo domingo de Julio era para el Palmar el día más importante del año.

Se sorteaban los redolíns, los puestos de pesca de la Albufera y sus canales entre los vecinos del Palmar, ceremonia solemne y tradicional presidida por un delegado de la Hacienda, misteriosa señora que nadie había visto, pero de la que se hablaba con respeto supersticioso, como dueña que era del lago y la interminable pinada de la Dehesa.