Á las siete el esquilón de la iglesia había hecho correr á misa á todo el pueblo. Solemnes resultaban las fiestas al Niño Jesús, después de Navidad; pero no pasaban de ser pura diversión, mientras que en la ceremonia del sorteo se jugaba al azar el pan del año y hasta el riesgo de enriquecerse si la pesca era buena.

Por eso la misa de este domingo era la que se oía con más devoción. Las mujeres no tenían que ir en busca de sus maridos, llevándolos á empujones á que cumpliesen el precepto religioso. Todos los pescadores estaban en la iglesia con gesto de recogimiento, pensando en el lago más que en la misa, y con la imaginación veían la Albufera y sus canales, escogiendo los puestos mejores por si la suerte los agraciaba con los primeros números.

La iglesia, pequeña, con las paredes pintadas de cal y las altas ventanas con cortinas verdes, no podía contener á todos los fieles. La puerta estaba de par en par, y el público se esparcía por la plaza con la cabeza descubierta bajo el sol de Julio. En el altar mostraba su carita sonriente y su falda hueca el Niño Jesús, patrón del pueblo; una imagen que no levantaba más de un palmo, pero á pesar de su pequeñez, sabía llenar de anguilas, en las noches tempestuosas, las barcas de los que conseguían los mejores puestos, con otros milagros no menos asombrosos que relataban las mujeres del Palmar.

En las paredes se destacaban sobre el fondo blanco algunos cuadros procedentes de antiguos conventos: tablas enormes con falanges de condenados todos rojos, como si acabasen de ser cocidos, y ángeles de plumaje de cotorras arreándolos con flamígeras espadas.

Sobre la pila de agua bendita, un cartelón con caracteres góticos rezaba así:

Si por la ley del amor

no es lícito delinquir,

no se permite escupir

en la casa del Señor.

No había en el Palmar quien no admirase estos versos, obra, según el tío Paloma, de cierto vicario, allá en los tiempos en que el barquero era mozo. Todos se habían ejercitado en la lectura, deletreándolos durante las innumerables misas de su existencia de buenos cristianos. Pero si se admiraba la poesía, no se aceptaba el consejo, y los pescadores, sin respeto alguno á «la ley del amor», tosían y escupían con su crónica ronquera de anfibios, deslizándose la ceremonia religiosa en un continuo carraspeo que ensuciaba el piso y hacía volver al oficiante su colérica mirada.