Nunca había tenido el Palmar vicario como el pare Miquèl. Decíase que lo habían enviado allí de castigo, pero él parecía tomar su desgracia muy á gusto. Cazador infatigable, apenas terminaba su misa se calzaba las alpargatas de esparto, encasquetábase la gorra de piel, y seguido por su perro, metíase Dehesa adentro ó hacía correr su barquito por entre los espesos carrizales para tirar á las pollas de agua. Había que ayudarse un poco en su miserable posición, según él decía. El sueldo era de cinco reales diarios y estaba condenado á morir de hambre como sus antecesores, á no ser por la escopeta, que toleraban los guardas de la selva, y surtía de carne su mesa todos los días. Las mujeres admiraban su energía de varón fuerte, viendo cómo las dirigía casi á puñetazos. Los hombres no celebraban menos la llaneza con que trataba las funciones de su ministerio. Era un cura de escopeta. Cuando el alcalde tenía que pasar la noche en Valencia, dejaba su autoridad en manos de don Miguel, y éste, satisfecho de la transformación, llamaba al cabo de los carabineros de mar.

—Usted y yo somos las únicas autoridades del pueblo. Velemos por él.

Y salían de ronda toda la noche, con la carabina pendiente del hombro, entrando en las tabernas para enviar las gentes á dormir, deteniéndose en el presbiterio varias veces para beber una copa de caña, hasta que apuntaba el día, y don Miguel, dejando el arma y su traje de contrabandista, se entraba en la iglesia para decir la misa á los pescadores.

Los domingos, mientras realizaba el sagrado acto, miraba con el rabillo del ojo á los fieles, fijándose en los que escupían con insistencia, en las comadres que charlaban murmurando de la vecina, en los chicuelos que se empujaban cerca de la puerta; y al volverse, irguiendo su arrogante cuerpo para bendecir á todos, miraba con tales ojos á los culpables, que éstos se estremecían adivinando las próximas amenazas del pare Miquèl. Él era quien había expulsado á patadas al ebrio Sangonera, al pillarle por tercera ó cuarta vez empuñando la botella de vino de la sacristía. En su casa sólo el cura podía beber. El genio violento le acompañaba en todas sus funciones sagradas, y muchas veces, en plena misa, al notar que el sucesor de Sangonera equivocaba las respuestas ó andaba tardo en trasladar el Evangelio de un lado á otro, le largaba una coz por debajo de las randas del alba, chasqueando la lengua como si llamase á su perro.

Su moral era sencilla: residía en el estómago. Cuando los penitentes excusaban sus faltas en el confesonario, la penitencia era siempre la misma. ¡Lo que debían hacer era comer más! Por eso el demonio los agarraba al verlos tan flacos y amarillentos. Lo que él decía: «Buenos bocados y menos pecados.» Y si alguien contestaba, alegando su miseria, indignábase el cura, soltando un taco redondo. ¡Recordóns! ¿Pobres y vivían en la Albufera, el mejor rincón del mundo? Allí estaba él con sus cincos reales, y lo pasaba mejor que un patriarca. Le habían enviado al Palmar creyendo hacerle la santísima, y sólo cambiaba su puesto por una canongía en Valencia. ¿Para qué había criado Dios las becadas de la Dehesa, que volaban en enjambre como las moscas, los conejos, tan numerosos como las hierbas, y todos aquellos pájaros del lago, que no había más que remover los cañares para que saltasen á docenas? ¿Es que esperaban que la carne cayese ya desplumada y con sal en sus calderos?... Lo que debían tener era más afición al trabajo y temor á Dios. No todo había de ser pescar anguilas, pasando las horas sentados en una barca, como mujeres, y comer carne blancuzca que olía á barro. Así estaban de enmohecidos y pecadores, que daban asco. El hombre que es hombre, ¡cordones! debía ganarse como él la comida... ¡á tiros!...

Después de Pascua Florida, cuando todo el Palmar vaciaba su saco de pecados en el confesonario, menudeaban los escopetazos en la Dehesa y en el lago, y los guardas iban locos de un lado á otro, sin poder adivinar á qué obedecía este furor repentino por la caza.

Terminó la misa, y la muchedumbre se esparció por la plazoleta. Las mujeres no volvían á sus barracas para preparar el caldero de mediodía. Se quedaban con los hombres, frente á la escuela, donde se verificaba el sorteo, el mejor edificio del Palmar, el único con dos pisos, una casita que tenía abajo el departamento de los niños y arriba el de las niñas. En el piso superior se verificaba la ceremonia, y al través de las ventanas abiertas se veía al alguacil, ayudado por Sangonera, arreglar la mesa con el sillón presidencial para el señor que vendría de Valencia y los bancos de las dos escuelas para los pescadores miembros de la Comunidad.

Los más viejos del pueblo se agrupaban junto al olivo retorcido y de escasas hojas, único adorno de la plaza. Este árbol raquítico y antiguo, arrancado de las montañas para languidecer en un suelo de barro, era el punto de reunión del pueblo, el sitio donde se desarrollaban todos los actos de su vida civil. Bajo sus ramas se hacían los tratos de la pesca, se cambiaban las barcas y se vendían las anguilas á los revendedores de la ciudad. Cuando alguien encontraba en aguas de la Albufera un mornell abandonado, una percha flotando ó cualquier otro útil de pesca, lo dejaba al pie del olivo y la gente desfilaba ante él, hasta que el dueño lo reconocía por la marca especial que cada pescador ponía á sus útiles.

Todos hablaban del próximo sorteo con la emoción temblorosa del que confía su porvenir al azar. Antes de una hora iba á decidirse para cada uno la miseria de un año ó la abundancia. En los corrillos se hablaba de los seis primeros puestos, de los seis redolíns mejores, los únicos que podían hacer rico á un pescador, y que correspondían á los seis primeros nombres que salían de la bolsa. Eran los puestos de la Sequiòta, ó los inmediatos á ella, el camino que seguían las anguilas en las noches tempestuosas, huyendo hacia el mar, para encontrarse con las redes de los redolíns, donde quedaban prisioneras.

Se recordaba con misterio á ciertos afortunados pescadores, dueños de un puesto en la Sequiòta, que en una noche de tempestad, cuando alborotada la Albufera se rizaba en ondas que dejaban al descubierto el barro del fondo, habían cogido seiscientas arrobas de pesca. ¡Seiscientas arrobas, á dos duros!... Brillaban los ojos con el fuego de la codicia, pero todos se hablaban al oído, repitiendo misteriosamente las cifras de la pesca, temiendo que les oyese alguien que no fuera del Palmar, pues desde pequeño cada cual aprendía con extraña solidaridad la conveniencia de decir que se pescaba poco, para que la Hacienda (aquella señora desconocida y voraz) no les afligiera con nuevos impuestos.