El tío Paloma hablaba de los tiempos pasados, cuando la gente no se multiplicaba como los conejos de la Dehesa, y sólo entraban en el sorteo unos sesenta pescadores, únicos que constituían la Comunidad. ¿Cuántos eran ahora? En el sorteo del año anterior habían figurado más de ciento cincuenta. Si continuaba creciendo la población, serían más los pescadores que las anguilas y perdería el Palmar las ventajas de su privilegio de los redolíns, que le daba cierta superioridad sobre los otros pescadores del lago.
El recuerdo de estos otros, de los pescadores de Catarroja, que compartían con los del Palmar el disfrute de la Albufera, ponía nervioso al tío Paloma. Los odiaba tanto como á los agricultores que roían el agua creando nuevos campos. Según decía el barquero, aquellos pescadores que vivían lejos del lago, en las afueras de Catarroja, mezclados con los labradores y trabajando la tierra cuando se pagaban bien los jornales, no eran más que pescadores de ocasión, gentes que venían al agua empujadas por el hambre, á falta de cosas más productivas en que ocuparse.
El tío Paloma tenía clavado en el alma el orgullo de estos enemigos, que se consideraban los primeros pobladores de la Albufera. Según ellos, eran los de Catarroja los pescadores más antiguos, aquellos á quienes el glorioso rey don Jaime, después de conquistar Valencia, dió el primer privilegio para que explotasen el lago, con el gravamen de entregar la quinta parte de la pesca á la corona.
—¿Qué eran entonces los del Palmar?—preguntaba irónicamente el viejo barquero. Y se indignaba recordando la respuesta que daban los de Catarroja. El Palmar llevaba este nombre porque era remotamente una isleta cubierta de palmitos. En otros siglos bajaba gente de Torrente y otros pueblos que se dedicaban al comercio de escobas; se establecían en la isla, y después de hacer provisión de palmitos para todo el año, levantaban el vuelo. Poco á poco fueron quedándose algunas familias. Los escoberos se convirtieron en pescadores, viendo que esto daba mayores ganancias, y más listos y avezados por su vida errante á los progresos del mundo, inventaron lo de los redolíns, consiguiendo para éste un privilegio de los reyes y perjudicando á los de Catarroja, gente sencilla que nunca había salido de la Albufera...
Había que ver la indignación del tío Paloma al repetir las opiniones de los enemigos. ¡Los del Palmar, los mejores pescadores del lago, descendientes de unos escoberos y viniendo de Torrente y otros lugares, donde jamás se había criado una anguila!... ¡Cristo! Por menores motivos se mataban los hombres en cualquier ribazo con la fitora. Él estaba bien enterado, y le constaba que todo era mentira.
Siendo joven lo nombraron una vez Jurado de la Comunidad, y se llevó á su casa el tesoro del pueblo, el archivo de los pescadores: un cajón repleto de librotes, ordenanzas, privilegios de reyes y cuadernos de cuentas, que pasaba de un Jurado á otro á cada nuevo nombramiento, y llevaba siglos rodando de barraca en barraca, siempre guardado bajo los colchones, como si pudiesen robarlo los enemigos del Palmar. El viejo barquero no sabía leer. En su época no se pensaba en estas cosas y se comía mejor. Pero cierto vicario amigo suyo le había descifrado por las noches el contenido de las patas de mosca que llenaban las páginas amarillentas, y él lo retenía en su memoria con gran facilidad. Primero el privilegio del glorioso San Jaime, el que mataba moros, pues el barquero, en su respeto por el rey conquistador, que regaló el lago á los pescadores, creía poca cosa la realeza y le quería santo. Después venían las concesiones de Don Pedro, Doña Violante, Don Martín, Don Fernando, todos reyes y unos benditos siervos de Dios, que se acordaban de los pobres; y quién el derecho á cortar troncos de la Dehesa para calar las redes, quién el privilegio de aprovecharse de las cortezas del pino para teñir el hilo de las mallas, todos regalaban algo á los pescadores. Aquellos eran otros tiempos. Los reyes, excelentes personas, con la mano siempre abierta para los pobres, se contentaban con el quinto de la pesca: no como ahora, que la Hacienda y demás invenciones de los hombres se llevan cada tres meses media arroba de plata por dejarles vivir en un lago que era de sus abuelos. Y cuando alguien le decía que el quinto representaba mucho más que la famosa media arroba de plata, el tío Paloma rascábase con indecisión la cabeza por debajo del gorro. Bueno: aceptaba que fuese más; pero no se pagaba en dinero y se sentía menos.
Tras esto volvía á su manía contra los demás habitantes del lago. Era verdad que al principio no existían otros pescadores en la Albufera que los que vivían á la sombra del campanario de Catarroja. En aquellos tiempos no se podía hacer vida cerca del mar. Los piratas berberiscos amanecían á lo mejor en la playa, arramblando con todo, y la gente honrada y trabajadora tenía que guarecerse en los pueblos para que no le adornasen el cuello con una cadena. Pero poco á poco, en tiempos más seguros, los verdaderos pescadores, los puros, los que huían del trabajo de las tierras como de una abdicación deshonrosa, se habían trasladado al Palmar, evitándose así todos los días un viaje de dos horas antes de tender las redes. Amaban al lago y por eso se quedaron en él. ¡Nada de escoberos! Los del Palmar eran tan antiguos como los otros. Á su abuelo le había oído muchas veces que la familia procedía de Catarroja, y aún debían quedarle por allá parientes, de los que nada quería saber.
La prueba de que eran los más antiguos y los más hábiles pescadores estaba en la invención de los redolíns: una maravilla que los de Catarroja nunca habían podido discurrir. Aquellos desdichados pescaban con redes y anzuelos; los más de los días tenían que hacerse una cruz en el estómago, y por bueno que se presentase el tiempo no salían de pobres. Los del Palmar, con su sabiduría, habían estudiado las costumbres de las anguilas. Viendo que durante la noche se aproximan hacia el mar, y en la obscuridad tempestuosa juegan como locas, abandonando el lago para meterse en los canales, habían encontrado más cómodo cerrar las acequias con barreras de redes sumergidas, colocar junto á ellas las bolsas de malla de los mornells y monòts, y la pesca por sí sola iba á colarse en el engaño, sin más trabajo para el pescador que vaciar el seno de sus artefactos y volver á sumergirlos.
¡Y qué admirable organización la de la Comunidad del Palmar! El tío Paloma se entusiasmaba hablando de esta obra de los antiguos. El lago era de los pescadores. Todo de todos; no como en tierra firme, donde los hombres han inventado esas porquerías del reparto de la tierra, y la ponen límites y tapias, y dicen con orgullo «esto es tuyo y esto es mío», como si todo no fuese de Dios y como si al morir se pudieran poseer otros terrones que los que llenan la boca para siempre.
La Albufera para todos los hijos del Palmar, sin distinción de clases; lo mismo para los vagos que se pasaban el día en casa de Cañamèl, que para el alcalde, que enviaba anguilas lejos, muy lejos, y era casi tan rico como el tabernero. Pero como al dividir el lago entre todos, unos puestos eran mejores que otros, se había establecido el sorteo anual, y los buenos bocados pasaban de mano en mano. El que hoy era un miserable, mañana podía ser rico: esto lo ordenaba Dios, valiéndose de la suerte. El que había de ser pobre, pobre quedaba, pero con una ventana abierta para que entrase la Fortuna si sentía el capricho. Allí estaba él, que era el más viejo del Palmar, y pensaba cumplir el siglo si el demonio no se metía de por medio. Había entrado en más de ochenta sorteos: una vez sacó el quinto puesto, otra el cuarto; nunca había conseguido el primero, pero no se quejaba, pues había vivido sin sufrir hambre ni calentarse la cabeza para desnudar á su vecino, como la gente que llegaba de tierra adentro. Además, al finalizar el invierno, cuando en los redolíns terminaban las grandes pescas, el Jurado ordenaba una arrastrá, en la que tomaban parte todos los pescadores de la Comunidad, juntando sus redes, sus barcas y sus brazos. Y esta empresa en común de todo un pueblo barría el fondo del lago con su gigantesco tejido de redes, y el producto de la enorme pesca se repartía entre todos por partes iguales. Así deben vivir los hombres, como hermanos, para no convertirse en fieras. Y el tío Paloma terminaba diciendo que por algo el Señor, cuando vino al mundo, predicaba en lagos que eran, poco más ó menos, como la Albufera, y no se rodeaba de cultivadores de campos, sino de pescadores de tencas y anguilas.