La muchedumbre era cada vez mayor en la plaza. El alcalde, con sus adjuntos y el alguacil, estaba en el canal aguardando la barca que traía de Valencia al representante de la Hacienda. Llegaban los personajes de la contornada para consagrar con su presencia el sorteo. La gente abría paso al teniente de carabineros, que venía de su soledad de Torre Nueva, entre la Dehesa y el mar, al galope del caballo, manchado del barro de las acequias. Presentábase el Jurado seguido de un mocetón que llevaba á cuestas la caja del archivo de la Comunidad, y el pare Miquèl, el belicoso vicario, con el balandrán al hombro y el gorrito ladeado, iba de grupo en grupo asegurando que la suerte volvería la espalda á los pescadores.
Cañamèl, que no era hijo del pueblo y carecía de derecho para participar del sorteo, mostrábase tan interesado como los pescadores. Nunca faltaba á aquella ceremonia. Encontraba allí su negocio para todo el año, que le compensaba de la decadencia del contrabando. Casi siempre, el que conseguía el primer puesto era un pobre, sin otros bienes que un barquito y algunas redes. Para explotar la Sequiòta necesitaba grandes artefactos, varias embarcaciones, marineros á sueldo; y cuando el infeliz, anonadado por su buena suerte, no sabía cómo empezar, se le aproximaba Cañamèl como un ángel bueno. Él tenía lo preciso; ofrecía sus barcas, las mil pesetas de hilo nuevo que se necesitaban para las grandes barreras que debían cerrar el canal y el dinero necesario para adelantar jornales. Todo como ayuda á un amigo, por el afecto que el agraciado le inspiraba; pero como la amistad es una cosa y el negocio otra, se contentaría á cambio de sus auxilios con la mitad de la pesca. De este modo los sorteos eran casi siempre en beneficio de Cañamèl, que aguardaba con ansiedad el resultado, haciendo votos por que los primeros puestos no correspondiesen á los vecinos del Palmar que tenían alguna fortuna.
Neleta también había acudido á la plaza atraída por aquel acto, que era una de las mejores fiestas del pueblo. Iba endomingada, parecía una señorita de Valencia, y la Samaruca, su feroz enemiga, se burlaba en un corro hostil de su moño alto, del traje de color de rosa, del cinturón con hebilla de plata y de su olor de mujer mala, que escandalizaba á todo el Palmar, haciendo perder la calma á los hombres. La graciosa rubia, desde que era rica, se perfumaba de un modo violento, como si quisiera aislarse del hedor de fango que envolvía al lago. Se lavaba poco la cara, como todas las mujeres de la isla: su piel no era muy limpia, pero jamás faltaba sobre ella una capa de polvos, y á cada paso sus ropas despedían un rabioso perfume de almizcle, que hacía dilatar el olfato con placentera beatitud á los parroquianos de la taberna.
En la muchedumbre se marcó una gran ondulación. ¡Ya estaba allí!... ¡la ceremonia iba á comenzar! Y pasaron ante el gentío el alcalde con su bastón de borlas negras, todos sus adláteres y el enviado de la Hacienda, un pobre empleado al que miraban los pescadores con admiración (imaginando confusamente su inmenso poder sobre la Albufera) y al mismo tiempo con odio. Aquel lechuguino era el que se tragaba la media arroba de plata.
Todos fueron subiendo con lentitud por la estrecha escalerilla de la escuela, que sólo podía contener una persona de frente. Una pareja de carabineros, fusil en mano, guardaba la puerta para impedir la entrada de las mujeres y los chicuelos, que alteraban las deliberaciones de la reunión. De vez en cuando la curiosidad de la gente menuda pretendía arrollarlos, pero los carabineros presentaban las culatas y hablaban de dar una paliza á toda la chiquillería, que con sus gritos turbaba la solemnidad del acto.
Arriba era tanta la aglomeración, que los pescadores, no encontrando sitio en los bancos, se apiñaban en los balcones. Unos, los más antiguos, llevaban el gorro rojo de los viejos habitantes de la Albufera; otros cubrían su cabeza con el pañuelo de largo rabo de los labriegos ó con sombreros de palma. Todos iban vestidos de colores claros, con alpargatas de esparto ó descalzos, y de esta muchedumbre sudorosa y apretada surgía el eterno hedor viscoso y frío de los anfibios criados en el barro.
Sobre la plataforma del maestro estaba la mesa presidencial. En el centro el enviado de la Hacienda dictando á su escribiente el encabezamiento del acta, y á sus lados el cura, el alcalde, el Jurado, el teniente y otros invitados, entre los que figuraba el médico del Palmar, un pobre paria de la ciencia, que por cinco reales venía embarcado tres veces por semana á curar en bloque á los tercianarios pobres.
El Jurado se levantó de su asiento. Ante él tenía los libros de cuentas de la Comunidad, maravillosos jeroglíficos, en los que no entraba ni una sola letra, estando representados los pagos por figuras de todas clases. Así lo habían inventado los antiguos Jurados, que no sabían escribir, y así continuaba. Cada hoja contenía la cuenta de un pescador. Nada de inscribir su nombre en la cabecera, sino la marca que cada cual ponía á su barquito y sus redes para reconocerlos. Uno era una cruz, el otro unas tijeras, el de más allá un pico de fúlica, el tío Paloma una media luna, y así se entendía el Jurado, no teniendo más que mirar el jeroglífico para decir: «Ésta es la cuenta de Fulano.» Y después, en el resto de la página, rayas y más rayas, significando cada una de ellas el pago de un mes de impuesto.
Los viejos barqueros alababan este sistema de contabilidad. Así cualquiera podía revisar las cuentas, y no había trampas como en esos librotes de números y apretada escritura, que sólo entienden los señores.
El Jurado, un mocetón avispado, de cabeza rapada y ojos insolentes, tosió y escupió varias veces antes de hablar. Los invitados, que ocupaban la presidencia, echaron el cuerpo atrás y comenzaron á conversar entre sí. Iban á tratarse primeramente los asuntos de la Comunidad, en los que ellos no podían intervenir. Eran cosas que debían arreglarse entre pescadores. El Jurado comenzó su peroración: «¡Caballers!...»