El Jurado cerró sus libros con expresión de desaliento. Todos los años ocurría lo mismo. Con aquella gente antigua, que parecía siempre joven, era imposible poner en orden los asuntos de la corporación. Y con gesto aburrido fué escuchando las excusas de los que no habían pagado y se levantaban para explicar su morosidad. Tenían enfermos en su familia; les había tocado un puesto malo; estaban imposibilitados para el trabajo por las fiebres malditas, que al anochecer parecían espiar desde los cañaverales la carne de pobre para clavar en ella las garras; y toda la miseria, la vida triste de la laguna insalubre, iba desfilando como un lamento interminable.
Para cortar esta exposición infinita de dolores se acordó no excluir á nadie del sorteo, y el Jurado depositó sobre la mesa el bolsón de piel con las boletas.
—Demane la paraula—gritó una voz junto á la puerta.
¿Quién deseaba hablar para nuevas y abrumadoras reclamaciones? Se abrieron los grupos y una gran carcajada saludó la aparición de Sangonera, que avanzaba gravemente, frotándose sus ojos enrojecidos de borracho, haciendo esfuerzos por mostrarse en su apostura digno de tomar parte en la reunión. Viendo desiertas todas las tabernas del Palmar, se había deslizado en la escuela, y antes del sorteo creyó necesario pedir la palabra.
—¿Qué vòls tú?—dijo el Jurado con mal humor, molestado por una intervención del vagabundo que venia á colmar su paciencia después de las excusas de los deudores.
¿Qué quería?... Deseaba saber por qué causa no figuraba su nombre en los sorteos de todos los años. Él tenía tanto derecho como el que más á gozar un redolí en la Albufera. Era el más pobre de todos; pero ¿no había nacido en el Palmar? ¿no le habían bautizado en la parroquia de San Valero de Ruzafa? ¿no era descendiente de pescadores? Pues debía figurar en el sorteo.
Y la pretensión de este vagabundo, que jamás quiso tocar una red y prefería pasar á nado los canales antes que empuñar una percha, pareció tan inaudita, tan grotesca á los pescadores, que todos prorrumpieron en carcajadas.
El Jurado contestaba con displicencia. ¡Largo de allí, maltrabaja! ¿Qué le importaba á la Comunidad que sus abuelos hubiesen sido honrados pescadores, si su padre abandonó la percha para siempre dedicándose á la holganza, y él no tenía de marinero más que el haber nacido en el Palmar? Además, su padre no había pagado nunca el impuesto y él tampoco: la marca que en otros tiempos llevaban los Sangoneras en sus aparatos de pesca hacía muchos años que había sido borrada de los libros de la Comunidad.
Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes risas del público, hasta que intervino el tío Paloma con sus preguntas... Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él? ¿cómo lo explotaría, si no era pescador ni conocía el oficio?
El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que engañó á su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la holganza.