La franca confesión de Sangonera indignó á los pescadores. No hacía más que formular en voz alta el pensamiento de muchos, pero aquella gente sencilla se sintió insultada por el cinismo del vagabundo y creyó ver en él la personificación de todos los que oprimían su pobreza. ¡Fuera! ¡fuera! Á empujones y pellizcos fué conducido hasta la puerta, mientras los pescadores jóvenes movían ruido con los pies y remedaban entre risas una riña de perros y gatos.
El vicario don Miguel se levantó indignado, avanzando su cuerpo de luchador, con la cara congestionada por la ira. ¿Qué era aquello? ¿Qué faltas de respeto se permitían con las personas graves é importantes que formaban la presidencia?... ¡Á ver si bajaba él del estrado y le rompía los morros á algún guapo!...
Al hacerse instantáneamente el silencio, el cura se sentó, satisfecho de su poder, y dijo por lo bajo al teniente:
—¿Ve usted? Á este ganado nadie lo entiende como yo. Hay que enseñarles el cayado de vez en cuando.
Más aún que las amenazas del pare Miquèl, lo que restableció la calma fué ver que el Jurado entregaba al presidente la lista de los pescadores de la Comunidad para cerciorarse de que todos estaban presentes.
Cuantos hombres tenía el Palmar dedicados á la pesca estaban en ella. Bastaba ser mayor de edad, aunque se viviera al lado del padre, para figurar en el sorteo de los redolíns.
Leía el presidente los nombres de los pescadores, y cada uno de los llamados contestaba «¡Ave María Purísima!» con cierta unción, por estar el vicario presente. Algunos, enemigos del padre Miguel, respondían «¡Avant!», gozando con el mal gesto que ponía el vicario.
El Jurado vació un bolsón de cuero mugriento, casi tan antiguo como la Comunidad, y rodaron las boletas sobre la mesa, unas bellotas huecas de madera negra, en cuyo orificio se introducía un papel con el nombre del sorteado.
Uno tras otro eran llamados los pescadores á la presidencia para recibir su boleta y una tira de papel en la que habían puesto el nombre, en previsión de que no supiera escribir.
Eran de ver las precauciones que una astucia recelosa hacía adoptar á la pobre gente. Los pescadores más ignorantes iban en busca de los que sabían leer para que viesen si era su nombre el que figuraba en el papel, y solamente después de muchas consultas se daban por convencidos. Además, la costumbre de ser designados siempre por el apodo les hacía experimentar cierta indecisión. Sus dos apellidos sólo salían á luz en un día como aquel, y titubeaban como faltándoles la certeza de que fuesen los suyos.