Después venían las grandes precauciones. Cada uno se ocultaba volviendo el rostro á la pared, y al introducir su nombre en la bellota metía con el papel arrollado una brizna de paja, un fósforo de cartón, algo que sirviera de contraseña para que no cambiasen su boleta. El recelo les acompañaba hasta el momento en que la depositaban en el saco. Aquel señor que venía de Valencia despertaba en ellos esa desconfianza que inspira siempre el funcionario público á la gente rural.
Iba á comenzar el sorteo. El vicario don Miguel púsose de pie quitándose el birrete, y todos le imitaron. Había que rezar una salve, según antigua costumbre; esto atraía la buena suerte. Y por largo rato los pescadores, con el gorro en la mano y la vista baja, mascullaron la oración sordamente.
Silencio absoluto. El presidente agitaba el bolsón de cuero para que se mezclasen bien las boletas, y su choque sonaba en el silencio como lejana granizada. Avanzó hasta el estrado un niño, pasando de brazo en brazo por encima de los pescadores, y metió la mano en el bolsón. La ansiedad era grande; todos tenían la vista fija en la bellota de madera, de la que iba saliendo penosamente el papel arrollado.
El presidente leyó el nombre y se notó cierta indecisión en la concurrencia, habituada á los apodos y torpe en reconocer los apellidos, nunca usados. ¿Quién era el del número uno? Pero Tonet se había levantado de un salto, gritando: «¡Presente!...» ¡Era el nieto del tío Paloma! ¡Qué suerte la del muchacho!... ¡Alcanzaba el mejor puesto en el primer sorteo á que asistía!
Los más inmediatos le felicitaban con envidia, pero él, con la ansiedad del que no cree aún en su buena fortuna, sólo miraba al presidente... ¿Podía escoger el puesto? Apenas le contestaron con un signo afirmativo, hizo la petición: quería la Sequiòta. Y cuando vió que el escribiente tomaba nota, salió como un rayo del local, atropellando á todos, empujando las manos que le tendían los amigos para saludarle.
En la plaza la multitud aguardaba con tanto silencio como arriba. Era costumbre que los primeros agraciados bajasen inmediatamente á comunicar su buena suerte, tirando el sombrero en alto como signo de alegría. Por esto, apenas vieron á Tonet bajar casi rodando la escalerilla, una aclamación inmensa le saludó.
—¡Es el Cubano!... ¡Es Tonet el del bigòt! ¡Te el ú! ¡te el ú!...
Las mujeres se abalanzaban á él con la vehemencia de la emoción, abrazándolo, llorando, como si las pudiera tocar algo de su buena suerte, y recordando á su madre. ¡Cómo se alegraría la pobre si viese aquello! Y Tonet, revuelto entre las faldas, enardecido por la cariñosa ovación, abrazó instintivamente á Neleta, que sonreía, brillándole de contento los verdes ojos.
El Cubano quería celebrar su triunfo. Envió por cajones de gaseosas y cervezas á casa de Cañamèl para todas aquellas señoras: que bebiesen los hombres cuanto quisieran: ¡él pagaba! En un instante la plaza se convirtió en un campamento. Sangonera, con la actividad siempre despierta cuando se hablaba de beber, había secundado los deseos de su generoso amigo, trayendo de casa de Cañamèl todas las pastas viejas y duras almacenadas en los cristales del escaparate; y pasaba de corro en corro, llenando vasos y deteniéndose con frecuencia en el reparto para obsequiarse á sí mismo.
Iban bajando los agraciados con los otros primeros puestos, y echaban su sombrero en alto, gritando: «¡Vítor! ¡Vítor!» Pero sólo acudían á ellos su familia y sus amigos. Toda la atención era para Tonet, para el número uno, que tan rumboso se mostraba.