Tonet seguía riendo de estas palabras del borracho, dichas con exaltación creciente. Admiraba sus ideas con tono zumbón, proponiéndole abandonar el lago para meterse en un convento, donde no tendría que batallar con la miseria. Pero Sangonera protestaba indignado.

Había reñido con el vicario, saliendo del presbiterio para siempre, porque le repugnaba ver en sus antiguos amos un espíritu contrario al de los libros que leían. Eran iguales á los demás: vivían atenaceados por el deseo de la peseta ajena, pensando en la comida y el vestido, quejándose del decaimiento de la piedad cuando no entraba dinero en casa, con la zozobra en el mañana, dudando de la bondad de Dios, que no abandona á sus criaturas.

Él tenía fe y vivía con lo que le daban ó con lo que encontraba á mano. Ninguna noche le faltaba un puñado de paja donde acostarse, ni sentía hambre hasta el punto de desfallecer. El Señor, al ponerle en el lago, había colocado á su alcance todos los recursos de la vida para que fuese ejemplo de un verdadero creyente.

Tonet se burlaba de Sangonera. Ya que era tan puro, ¿por qué se emborrachaba? ¿Le mandaba Dios ir de taberna en taberna para correr después los ribazos casi á gatas, con el tambaleo de la embriaguez?... Pero el vagabundo no perdía su solemne gravedad. Su embriaguez á nadie causaba daño, y el vino era cosa santa: por algo sirve en el diario sacrificio á la Divinidad. El mundo era hermoso, pero visto á través de un vaso de vino parecía más sonriente, de colores más vivos, y se admiraba con mayor vehemencia á su poderoso autor.

Cada uno tiene sus diversiones. Él no encontraba mejor placer que contemplar la hermosura de la Albufera. Otros adoraban el dinero, y él lloraba algunas veces admirando una puesta del sol, sus fuegos descompuestos por la humedad del aire, aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo. Lo repetía: cada cual gozaba á su modo. Cañamèl, por ejemplo, apilando onzas: él contemplando la Albufera con tal arrobamiento, que dentro de la cabeza le saltaban unas coplas más hermosas que las que se cantaban en las tabernas, y estaba convencido de que, á ser como los señores de la ciudad que escriben en los papeles, sabría decir cosas muy notables en medio de su embriaguez.

Después de un largo silencio, Sangonera, aguijoneado por su locuacidad, se oponía á sí mismo objeciones para rebatirlas inmediatamente. Se le diría, como cierto vicario del Palmar, que el hombre estaba condenado á ganar el pan con el sudor de su rostro, después del primer pecado: mas para esto había venido Jesús al mundo, para redimirlo de la primitiva falta, volviendo la Humanidad á la vida paradisíaca, limpia de todo trabajo. Pero ¡ay! los pecadores, aguijoneados por la soberbia, no habían hecho caso de sus palabras: cada uno quería vivir con mayores comodidades que los demás; había pobres y ricos, en vez de ser todos hombres: los que desoían al Señor trabajaban mucho, muchísimo, pero la Humanidad era infeliz y se fabricaba el infierno en el mundo. Le decían á él que si la gente no trabajase se viviría mal. Conforme; serían menos en el mundo, pero los que quedasen permanecerían felices y sin cuidados, subsistiendo de la inagotable misericordia de Dios... Y esto forzosamente había de ocurrir: el mundo no sería siempre igual. Jesús había de volver, para enderezar de nuevo á los hombres por el buen camino. Lo había soñado muchas veces, y hasta en cierta ocasión que estuvo enfermo de tercianas, cuando le entraba el frío de la fiebre, tendido en un ribazo ó agazapado en un rincón de su ruinosa barraca, veía la túnica de Él, morada, estrecha, rígida, y el vagabundo extendía sus manos para tocarla y sanar repentinamente.

Sangonera mostraba una fe tenaz al hablar de este regreso á la tierra. No volvería para mostrarse en las grandes poblaciones dominadas por el pecado de la riqueza. La otra vez no se presentó en la inmensa ciudad que se llama Roma, sino que había predicado por pueblecillos no mayores que el Palmar, y sus compañeros fueron gente de percha y de red, como la que se reunía en casa de Cañamèl. Aquel lago sobre cuyas olas andaba Jesús con asombro de los apóstoles, seguramente que no era más grande ni hermoso que la Albufera. Allí entre ellos vendría el Señor, cuando volviese al mundo á rematar su obra; buscaría los corazones sencillos, limpios de toda codicia; él sería uno de los suyos. Y el vagabundo, con una exaltación en la que entraban por igual la embriaguez y su extraña fe, se erguía mirando el horizonte, y por el borde del canal, donde se quebraban los últimos rayos del sol, creía ver la figura esbelta del Deseado, como una línea morada, avanzando sin mover los pies ni rozar las hierbas, con un nimbo de luz que hacía brillar su cabellera dorada de suaves ondulaciones.

Tonet ya no le oía. Un fuerte cascabeleo sonaba en el camino de Catarroja, y por detrás de la choza del peso de los pescadores avanzaba el toldo agrietado de una tartana. Eran los suyos que llegaban. Con su vista de hijo del lago, Sangonera reconoció á larga distancia á Neleta en la ventanilla del vehículo. Después de su expulsión de la taberna, nada quería con la mujer de Cañamèl. Se despidió de Tonet y fué á tenderse de nuevo en el pajar, entreteniéndose con sus ensueños mientras llegaba la noche.

Se detuvo el carruaje frente á la tabernilla del puerto y bajó Neleta. El Cubano no ocultó su asombro. ¿Y el abuelo?... La había dejado emprender sola el viaje de regreso, con todo el cargamento de hilo, que llenaba la tartana. El viejo quería volver á casa por el Saler, para hablar con cierta viuda que vendía á buen precio varios palangres. Ya llegaría al Palmar por la noche en cualquier barca de las que sacaban barro de los canales.

Los dos, al mirarse, tuvieron el mismo pensamiento. Iban á hacer el viaje solos: por primera vez podrían hablarse, lejos de toda mirada, en la profunda soledad del lago. Y ambos palidecieron, temblaron, como en presencia de un peligro mil veces deseado, pero que se presentaba de golpe, inopinadamente. Tal era su emoción, que no apresuraban la marcha, como si los dominara un extraño rubor y temiesen los comentarios de la gente del puerto, que apenas se fijaba en ellos.