Las primeras noches fué al redolí, y sentado en la barca con el cigarro en la boca, veía cómo su abuelo y los pescadores á sueldo vaciaban en la obscuridad las grandes bolsas, llenando de anguilas y tencas el fondo de la embarcación. Después, ni esto. Le molestaban las noches obscuras y tempestuosas, en las que el agua está movida y se realizan las grandes pescas: no gustaba del esfuerzo que había que hacer para tirar de las redes pesadas y repletas; le causaba cierta repugnancia la viscosidad de las anguilas escurriéndose entre las manos, y prefería quedarse en la taberna ó dormir en su barraca. Cañamèl, para animarlo con el ejemplo, echándole en cara su pereza, se decidía algunas noches á ir al redolí tosiendo y quejándose de sus dolores; pero el maldito, bastaba que hiciese él este sacrificio para que mostrase mayor empeño en quedarse, llegando en su desvergüenza á manifestar que Neleta tendría miedo si se veía sola en la taberna.

Era cierto que el tío Paloma se bastaba para llevar adelante el negocio: nunca había trabajado con tanto entusiasmo como al verse dueño de la Sequiòta; pero ¡qué demonio! el trato era trato, y á Cañamèl le parecía que el muchacho le robaba algo viéndolo tan satisfecho de la vida y despegado por completo de su negocio.

¡Qué suerte la de aquel bigardo! El miedo á perder la Sequiòta era lo único que contenía al tío Paco. Mientras tanto, Tonet, viviendo en la taberna como si fuese suya, engordaba sumido en aquella felicidad de tener satisfechos todos sus deseos con sólo tender la mano. Se comía lo mejor de la casa, llenaba su vaso en todos los toneles, grandes y pequeños, y alguna vez, con loco y repentino impulso, como para afirmar más su posesión, se permitía la audacia de acariciar á Neleta por debajo del mostrador, en presencia de Cañamèl y estando á cuatro pasos los parroquianos, entre los cuales había algunos que no les perdían de vista.

Á veces experimentaba un loco deseo de salir del Palmar, de pasar un día fuera de la Albufera, en la ciudad ó en los pueblos del lago, y se plantaba ante Neleta con expresión de amo.

Dónam un duro.

¡Un duro! ¿Y para qué? Los ojos verdes de la tabernera se clavaban en él imperiosos y fieros; erguíase con la soberbia de la adúltera que no quiere ser engañada á su vez; pero al ver en la mirada del mocetón únicamente el deseo de vagar, de desentumecerse de su vida de macho bien cebado, Neleta sonreía satisfecha y le daba cuanto dinero pedía, recomendándole que volviese pronto.

Cañamèl se indignaba. Podría tolerársele aquello si atendiera al negocio; pero no: ¡le defraudaba en sus intereses, y además se comía media taberna, pidiendo encima dinero! Su mujer era muy buena: la perdía el agradecimiento que profesaba á aquellos Palomas desde la niñez. Y con su minuciosidad de avaro iba contando lo que Tonet consumía en el establecimiento y la prodigalidad con que convidaba á sus amigos, siempre á costas del dueño. Hasta Sangonera, aquel piojoso expulsado de la taberna porque llenaba de miseria los taburetes, volvía ahora al amparo del Cubano, que le hacía beber hasta la embriaguez, y usaba para ello licores de botella, los más costosos, todo por el gusto de oir los disparates que se había forjado en sus lecturas de sacristán.

«El mejor día va á apoderarse hasta de mi cama», decía el tabernero quejándose á su Neleta. Y el infeliz no sabía leer en aquellos ojos; no veía una sonrisa diabólica en la mirada de malicia con que acogía ella tal suposición.

Cuando Tonet se cansaba de estar en la taberna días enteros, sentado junto á Neleta, con la expresión de un gozquecillo que espera el momento propicio para sus caricias, cogía la escopeta y el perro de Cañamèl y se iba á los carrizales. La escopeta del tío Paco era la mejor del Palmar: un arma de rico que Tonet consideraba como suya, y con la que rara vez marraba el golpe. La perra era la famosa Centella, conocida en todo el lago por su olfato. No había pieza que se le escapara, por espeso que fuese el carrizal, buceando como una nutria para sacar del fondo de los hierbajos acuáticos el pájaro herido.

Cañamèl afirmaba que no había dinero en el mundo para comprarle este animal; pero veía con tristeza que su Centella mostraba mayor predilección por Tonet, que la llevaba de caza todos los días, que por su antiguo amo, cubierto de pañuelos y mantas junto á la lumbre. ¡Hasta de la perra se apoderaba aquel tuno!...