Tonet, entusiasmado por el magnífico arreglo que el tío Paco tenía para la caza, consumía la provisión de cartuchos guardada en la taberna para los cazadores. Nadie del Palmar había cazado tanto. En los estrechos callejones de agua de las matas más cercanas al pueblo sonaba continuamente el escopetazo de Tonet, y la Centella, enardecida por el trabajo, chapoteaba en los carrizales. El Cubano sentía una voluptuosidad feroz en este ejercicio, que le recordaba sus tiempos de guerrillero. Se ponía al acecho esperando los pájaros con las mismas precauciones de astucia salvaje que empleaba al emboscarse en la manigua para cazar á los hombres. La Centella le traía á la barca las fòches y los collvèrts, con el cuello blando y el plumaje manchado de sangre. Después venían los pájaros del lago menos vulgares, cuya caza llenaba de satisfacción á Tonet: y admiraba, muertos en el fondo de la embarcación, el gallo de cañar, con plumaje azul turquí y pico rojo; el agró ó garza imperial, con su color verde y púrpura y un penacho de plumas estrechas y largas sobre la cabeza; el oroval, con su color leonado y el buche rojo; el piuló ó pato florentino, blanco y amarillento; el morell ó pelucón, con cabeza negra de reflejos dorados, y el singlòt, hermosa zancuda, de espléndido plumaje de un verde brillante.
Por la noche entraba en la taberna con aires de vencedor, arrojando en el suelo su cargamento de carne muerta envuelta en un arco iris de plumas. ¡Allí tenía el tío Paco materia para llenar el caldero! Se lo regalaba generosamente: al fin la escopeta era suya.
Y cuando, de tarde en tarde, cazaba un flamenco, llamado bragat por la gente de la Albufera, con enormes patas, largo cuello, plumaje blanco y rosa y cierto aire misterioso, semejante al de los ibis de Egipto, Tonet se empeñaba en que Cañamèl lo hiciese disecar en Valencia, para su dormitorio; un adorno elegante, pues por algo lo buscaban tanto los señores de la ciudad.
El tabernero acogía estos regalos con mugidos que revelaban una satisfacción muy relativa. ¿Cuándo dejaría quieta su escopeta? ¿No sentía frío en los carrizales? Ya que tan fuerte era, ¿por qué no ayudaba por las noches al abuelo en el trabajo del redolí? Pero el condenado acogía con risotadas las lamentaciones del enfermizo tabernero, y se dirigía al mostrador:
—Neleta, una copa...
Bien se la había ganado pasando el día entre los carrizales, con las manos heladas sobre la escopeta, para traer aquel montón de carne. ¡Y aún murmuraban que huía del trabajo!... En un arranque de impudor alegre, acariciaba las mejillas de Neleta por encima del mostrador, sin importarle la presencia de la gente ni temer al marido. ¿No eran como hermanos y habían jugado juntos de pequeños?...
El tío Tòni nada sabía ni quería saber de la vida de su hijo. Se levantaba antes del alba y no volvía hasta la noche. Comía con la Borda, en la soledad de sus campos sumergidos, algunas sardinas y torta de maíz. Su lucha por crear nueva tierra le tenía en la pobreza, no permitiéndole mejores alimentos. Al volver á la barraca, cerrada ya la noche, se tendía en su camastro con los huesos doloridos, sumiéndose en el sopor del cansancio, pero su pensamiento velaba calculando entre las nieblas del sueño las barcas de tierra que aún faltaban en sus campos y las cantidades que debía satisfacer á los acreedores antes de considerarse dueño de unos arrozales creados con su sudor palmo á palmo. El tío Paloma pasaba las más de las noches fuera de la barraca, pescando en la Sequiòta. Tonet no comía con la familia, y sólo á altas horas, cuando se cerraba la taberna de Cañamèl, llamaba á la puerta con impaciente pataleo, levantándose la pobre Borda, soñolienta y fatigada, para abrirle.
Así transcurrió el tiempo, hasta que llegaron las fiestas del Palmar.
La víspera de la fiesta del Niño, por la tarde, casi todo el pueblo se agolpó entre la orilla del canal y la puerta trasera de la taberna de Cañamèl.
Era esperada la música de Catarroja, el principal aliciente de las fiestas, y aquel pueblo, que durante el año no oía otros instrumentos que la guitarra del barbero y el acordeón de Tonet, estremecíase al pensar en el estrépito de los cobres y el zumbido del bombo por entre las filas de barracas. Nadie sentía los rigores de la temperatura. Las mujeres, para lucir sus trajes flamantes, habían abandonado los mantones de lana y mostraban los brazos arremangados, violáceos por el frío. Los hombres llevaban fajas nuevas y gorros rojos ó negros que aún conservaban los pliegues de la tienda. Aprovechando la charla de sus compañeras, se escurrían hasta la taberna, donde la respiración de los bebedores y el humo de los cigarros formaban un ambiente denso que olía á lana burda y alpargatas sucias. Hablaban á gritos de la música de Catarroja, asegurando que era la mejor del mundo. Los pescadores de allá eran mala gente, pero había que reconocer que música como aquella no la oía ni el rey. Algo bueno habían de tener los pobres del lago. Y al notar que en la ribera del canal se arremolinaba la gente, lanzando gritos anunciadores de la proximidad de los músicos, todos los parroquianos salieron en tropel y la taberna quedó vacía.